Aquí en el bosque de Taramundi, cuando alguien dice “digitalización”, nosotros nos imaginamos a una ardilla con gafas, tecleando en una piña como si fuera un portátil. Pero ojo, que lo de Navarra no va de fantasía: va de que el turismo se ponga las pilas (recargables, a ser posible) para sobrevivir en un mundo donde el viajero reserva, compara y opina antes incluso de deshacer la maleta.
La noticia tiene miga: cerca de 200 profesionales del turismo navarro van a recibir una formación bastante seria en herramientas y estrategias digitales gracias al programa ‘Impulso Digital’, una iniciativa del Gobierno de Navarra financiada con fondos europeos Next Generation. Vamos, que Europa ha dicho: “tomad, pero gastadlo en aprender cosas que sirvan”, y Navarra ha respondido: “pues venga, a enseñarles a los del turismo a moverse como pez en agua… pero en agua con WiFi”.
El arranque fue presencial, el 14 de enero, en la sala Pío Baroja del INAP (sitio de humanos con sillas serias, no como nuestras piedras con musgo, que son ergonómicas a su manera). Allí se dio el pistoletazo de salida con una bienvenida institucional y, lo más importante, con un primer rato de networking, que es esa costumbre humana de saludarse con interés profesional y sonreír como si todos fueran primos segundos. En el bosque hacemos lo mismo, pero oliéndonos un poco y ya está, más rápido.
La consejera de Cultura, Deporte y Turismo, Rebeca Esnaola, vino a decir algo bastante lógico: que hoy el mercado es competitivo, inmediato y tecnológico, y que las empresas turísticas necesitan estar preparadas para la interacción online con el cliente. Traducido a idioma Magikito: si antes bastaba con tener una buena cama y un desayuno decente, ahora también hay que saber responder mensajes, gestionar reservas, entender qué narices está pasando en internet y no entrar en pánico cuando alguien te deja una reseña con tres estrellas porque “la almohada era demasiado almohada”.
También participó Alberto Ecay, del Servicio de Desarrollo Territorial Sostenible del Turismo, destacando que el programa es ambicioso, completo y práctico. Y Fran Hidalgo, de NASERTIC (empresa pública que gestionará la formación), explicó el tinglado. En resumen: no es una charla suelta para quedar bien, sino un curso largo y con aplicación real.
¿Cuánto es “largo”? Pues 150 horas de formación a lo largo del primer semestre del año. Eso, para que nos entendamos, es como si un caracol se apuntara a un máster intensivo en “cómo llegar antes sin traicionarme a mí mismo”. Y encima, como hubo mucho interés, ampliaron plazas: de 171 iniciales a 200 totales, con lista de espera. Cuando hay lista de espera en una formación, el bosque lo interpreta como una señal de que la cosa va en serio.
El programa se organiza en 10 unidades temáticas. Y aquí viene lo jugoso, porque es el menú completo del “turismo moderno sin que te explote la cabeza”. Incluye desde una introducción a la digitalización de pymes turísticas hasta temas que suenan a hechizo de mago con corbata, como la analítica de datos o la automatización de procesos.
Entre los bloques, uno que nos ha hecho levantar la ceja (y a nosotros se nos levanta poco, que vivimos relajados) es el de Inteligencia Artificial. La IA, para decirlo sin palabros, es como tener un ayudante invisible que puede redactarte textos, resumirte información o proponerte ideas… pero al que hay que vigilar, porque a veces se viene arriba y se inventa cosas con una seguridad que ya quisieran algunos tertulianos. Que lo enseñen en un curso del sector turístico es buena señal: significa que se busca usarla como herramienta, no como “varita mágica para no pensar”.
También hay marketing digital, gestión de la experiencia del cliente digital, comercio electrónico y plataformas de reservas. O sea: aprender a estar donde está la gente, que ahora mismo es en el móvil, en la tablet y en ese limbo extraño donde alguien compara tres casas rurales a la vez mientras calienta una pizza en el microondas (que ya sabéis que el microondas roba un poquito del alma, pero ese es otro tema).
Y atención, que también meten comunicación plurilingüe (hablar con humanos de distintos idiomas sin acabar diciendo barbaridades), ciberseguridad (para que no te roben la web ni te secuestren la contraseña como si fuera un duende ladrón) y análisis de datos, que viene a ser mirar números para tomar decisiones con cabeza, no con corazonadas del tipo “yo creo que este año vienen muchos belgas porque lo noto en el aire”.
Después de la parte formativa, el plan se pone aún más práctico: se crearán grupos según intereses y arrancarán mentorías grupales e individuales para que cada participante pueda diseñar un plan de digitalización personalizado para su negocio o proyecto. Esto nos gusta: no es “toma teoría y búscate la vida”, sino “vamos a aterrizarlo en tu caso”. Como cuando nosotros enseñamos a un zorro a hacer pan: no le damos un tratado de harina, le decimos “mira, mete las patas aquí, amasa con paciencia y no te comas la masa cruda, bribón”.
En definitiva, Navarra está empujando para que su sector turístico se modernice con fundamento. Y eso, aunque no sea una noticia de trompetas y fuegos artificiales, es de las que construyen futuro: más competitividad, mejores servicios y menos estrés digital improvisado.
Nosotros, desde el bosque, solo pedimos una cosa: que en medio de tanta nube (la digital, no la del cielo con personalidad propia) no se pierda lo esencial. Que el turismo siga oliendo a tierra mojada, a pan recién hecho, a conversación con calma… pero que, si hace falta, también sepa contestar un mensaje a tiempo. Porque una cosa es vivir despacio como un caracol sabio y otra es dejar a un viajero en “visto” tres días. Eso ya es violencia estética.