Nosotros pensábamos que para distinguir una soleá de una bulería hacía falta, mínimo, una palmadita con arte y haber olido a tierra mojada en Cádiz alguna vez. Pues resulta que no: ahora también vale con poner a una Inteligencia Artificial a leer letras, como si fuera una urraca cotilla pero con doctorado y sin robarte el anillo.
Un estudio publicado en ACM's Journal on Computing and Cultural Heritage cuenta que un equipo del IFISC (que es un centro del CSIC y la Universidad de las Islas Baleares, o sea: gente que sabe) ha demostrado que la IA puede distinguir los distintos palos del flamenco analizando únicamente el vocabulario de las letras. Sí, sí: sin escuchar ni una guitarra, sin quejío, sin “¡ole!” de fondo. Solo palabras, como quien adivina el tiempo mirando las nubes con flow.
Cuando las palabras del cante se ponen a hacer magia
La cosa va así: los investigadores Pablo Rosillo-Rodes, Maxi San Miguel y David Sánchez se han zampado más de 2.000 letras flamencas (metafóricamente; no recomendamos comer papel, que luego el microondas te roba el alma y encima no calienta) y han usado técnicas de Procesamiento del Lenguaje Natural y aprendizaje automático. Traducido a idioma de bosque: le han enseñado a una máquina a fijarse en qué palabras aparecen y con qué frecuencia, para predecir de qué palo es cada letra.
Según explican, el léxico —las palabras en sí— tiene información suficiente para clasificar canciones en su palo correcto con alta precisión. Vamos, que además del ritmo y la tonalidad, el vocabulario lleva un “carné de identidad” escondido. Como los gatos callejeros: parecen que pasan de todo, pero lo saben todo.
Y aquí viene lo bonito: el estudio no solo confirma lo que ya intuía el saber tradicional, sino que también destapa relaciones entre estilos. Por ejemplo, salen vínculos históricos conocidos entre la soleá y las bulerías, y entre tientos y tangos, solo tirando del hilo de las palabras. Nosotros, cuando tiramos de un hilo, normalmente acabamos con un jersey convertido en red de pesca, pero ellos han hecho ciencia fina.
También han visto patrones culturales profundos: las seguiriyas aparecen cargadas de vocabulario relacionado con el dolor y la espiritualidad, mientras que las alegrías van más por la celebración y la geografía, con referencias muy marcadas a Cádiz. O sea, que el flamenco no solo se canta: también se archiva en palabras la vida entera de la gente, sus luchas y sus fiestas.
Además, construyeron un “árbol de relaciones” entre palos calculando distancias léxicas y usando análisis de redes. En ese mapa, las bulerías salen como un nodo central que conecta ramas distintas, desde cantes malagueños (como fandangos y malagueñas) hasta estilos considerados más puros y gitanos (como seguiriyas y soleá). Un auténtico cruce de caminos, pero sin rotondas conspirando para ponerte todos los semáforos en rojo.
En resumen: este trabajo es el primer análisis computacional a gran escala de letras flamencas y abre una puerta potente para conservar y entender mejor este patrimonio cultural inmaterial, reconocido por la UNESCO. Y nosotros, desde el bosque de Taramundi, solo pedimos una cosa: que la IA, ya que está tan lista, también nos ayude a encontrar las llaves perdidas… que seguro que se han ido de fiesta con un boli BIC y una tapa de tupper que no encaja con nada.