Nosotros, que aquí en el bosque le tenemos respeto hasta a una piedra rugosa (porque te cuenta su biografía con solo tocarla), hoy hemos leído una cosa que nos ha dejado con cara de “¿perdona?”: la grasa, esa a la que los humanos miran como si fuera el malo final del videojuego, podría convertirse en una aliada para fastidiar al cáncer.
Y no en plan “le doy un abrazo al tumor y se convierte en bueno”, no. En plan le quito la merienda. Que es un método muy de gato callejero: no pelea, pero te deja sin croquetas y te mira con superioridad filosófica.
La idea viene de un estudio que plantea usar adipocitos (las células que guardan energía en forma de grasa) como competidores metabólicos: células que se ponen a consumir nutrientes a lo bestia para que las células tumorales se queden sin gasolina para crecer. Vamos, como cuando las urracas ven algo brillante y lo acaparan solo por el brillo: aquí el brillo son los nutrientes, y el tumor se queda mirando.
Lo que han visto los humanos de bata (y nosotros desde la niebla)
Las células cancerosas, por desgracia, suelen ser muy glotonas: necesitan mucha energía y materiales para dividirse rápido, así que “reprograman” su metabolismo para tragar más glucosa, grasas y demás. Los investigadores ya habían visto que activar la grasa parda (la que quema energía para generar calor) podía ralentizar tumores… pero claro, hacerlo a base de frío prolongado no es práctico para todo el mundo, y menos en personas mayores, donde esa grasa parda va más tranquila, como un caracol disfrutando de la vida.
Entonces llega la parte jugosa: un equipo de la Universidad de California en San Francisco propone algo más controlable. Los adipocitos se pueden extraer (por ejemplo, con liposucción), modificar en laboratorio y reimplantar. Eso, en cirugía plástica y reconstructiva, ya se hace bastante, así que el camino técnico no empieza de cero.
¿Y qué les hacen? Les meten “modo turbo” con una proteína llamada UCP1, típica de la grasa parda. Esa proteína hace que la mitocondria (la central energética de la célula) disipe energía en forma de calor. Resultado: adipocitos “blancos” reprogramados que se comportan como pardos, consumiendo glucosa y ácidos grasos a un ritmo altísimo.
En cultivos, cuando estos adipocitos modificados comparten entorno con células tumorales, el crecimiento del tumor baja de forma notable. Y lo más curioso: ni siquiera necesitan tocarse. Con que compitan por los nutrientes del medio, ya vale. Esto es como cuando en la ciudad los humanos hacen reuniones de dos horas para decidir algo que era un WhatsApp: aquí, sin reunión ni contacto, el mensaje se entiende igual.
También lo probaron en ratones con modelos de cáncer de mama y páncreas: al implantar adipocitos modificados cerca del tumor, la progresión se ralentizó comparado con adipocitos normales. Y encima, el invento puede ser encendido o apagado con fármacos o con implantes que se ponen y se quitan, lo que añade una capa de seguridad y control bastante seria.
Los autores llaman a esto algo así como “trasplante de manipulación adiposa” (AMT). Suena a palabro de oficina, pero la idea es simple: usar tus propias células, tuneadas, para un objetivo terapéutico, un poquito en la línea de terapias celulares como las CAR-T (que usan células inmunitarias modificadas).
Eso sí: de momento hablamos de resultados en laboratorio y animales. Falta saber cuánta “grasa ninja” haría falta en humanos, cómo sería la seguridad a largo plazo y cómo se lleva con el microambiente del tumor y el resto del cuerpo. Pero como concepto, nos parece un giro precioso: la grasa dejando de ser villana para convertirse en herramienta. Y aquí en Taramundi, cuando algo “malo” se vuelve útil, lo celebramos como si fuera un cumpledía: con té en taza desportillada y un silencio antes del amanecer que aplaude sin manos.