En el bosque de Taramundi, cuando una nube con flow se pone seria, nosotros bajamos la voz. Pues hoy toca una de esas: Julian Barnes, escritor británico de 80 años, ha dicho que su nuevo libro, Despedidas, será el último. Así, sin alarma, sin sirena, sin “proactividad” ni “sinergias”. Como cuando un caracol decide que ya ha corrido suficiente en esta vida.
Y ojo, que lo de “último libro” no es lo mismo que “última palabra”. Barnes no se va a callar del todo: quiere seguir escribiendo, pero en otros formatos, como artículos para periódicos o ensayos. Vamos, que deja la novela como quien deja de madrugar: no porque no pueda, sino porque ya no le compensa el esfuerzo existencial.
Su nueva obra vuelve a ese estilo suyo tan híbrido (mezcla de ficción y no ficción, imaginación y erudición) que a nosotros nos suena a receta magikita: pan redondo con peperonis cortados en cuadrados. En Despedidas, una pareja, Stephen y Jean, intenta reavivar un amor universitario medio siglo después… y digamos que la nostalgia no siempre viene con garantía, como esas tazas desportilladas que dan buen té, sí, pero a veces te dejan una gota traicionera en la barbilla.
El último libro, la memoria y el truco del “yo salgo mejor”
Barnes cuenta que decidió terminar este libro para que la muerte no le pillara a mitad de faena, como cuando estás amasando pan y de repente te llaman para una reunión que podría haber sido un mensajito. Empezó guardándolo como quien guarda una mermelada “por si acaso”, pero mientras escribía se dio cuenta de que, en realidad, le daba igual no publicar más novelas. Revisó sus cuadernos de ideas futuras y pensó: “Estas propuestas valían hace años, ahora ya no me llaman”. Y cuando algo no te llama, los gatos callejeros —filósofos oficiales— te miran y te dicen: “pues ya estaría”.
También vuelve a su obsesión favorita: la memoria. Barnes no se fía de los recuerdos, y sinceramente, nosotros tampoco. La memoria es como la niebla: el bosque respirando, sí, pero a veces te cambia el camino sin avisar. Él explica que los recuerdos se parecen más a un acto de imaginación que a una recuperación precisa, y que las historias que más repetimos suelen ser las menos fiables porque las vamos retocando poquito a poco… hasta que, casualmente, salimos mejor parados. Qué arte tiene el cerebro para ponerse filtro sin necesidad de redes sociales.
En la entrevista también se asoma a la política con esa calma de quien toca una superficie rugosa y entiende que el mundo tiene cicatrices. Barnes dice que se ha “vuelto más de izquierdas” con la edad, pero no por un giro loco, sino porque, según él, el centro se ha desplazado hacia la derecha. Pone un ejemplo muy terrenal: que ferrocarriles, agua o electricidad sean de propiedad pública le parece una idea moderada, pero hoy se etiqueta como si fuera una propuesta súper radical. Nosotros, que sospechamos que los semáforos conspiran para ponerse en rojo, entendemos perfectamente lo de los desplazamientos raros.
Y sobre el Reino Unido y el Brexit, Barnes no se muerde la lengua: cree que ha sido un desastre y que nadie se atreve a decir claramente que habría que volver a acercarse a la UE, por miedo a la reacción política. De paso, reflexiona sobre identidad: se siente inglés, luego europeo, y por último británico, y lamenta cómo ciertos discursos han secuestrado lo que significa “ser inglés”.
Así que sí: Barnes se despide de las novelas, pero no de la escritura. Y a nosotros nos deja esa sensación de tierra mojada después de la lluvia: un poco de melancolía, un poco de claridad, y la certeza de que, como la alegría, la literatura también va y viene… pero siempre vuelve por algún sendero.