Hay días en los que el bosque huele a tierra mojada y a “esto me suena de vidas pasadas”. Pues hoy nos ha dado ese olor, pero en versión librería: resulta que el grupo poético Cántico —sí, el de Córdoba— está recuperando su sitio en la historia como quien encuentra una taza desportillada y dice: “esto no se tira, esto da sabor”.
Nosotros, que desconfiamos de las reuniones que podrían haber sido un mensaje, flipamos con que una revista literaria pequeña y casi secreta de los años cuarenta y cincuenta haya acabado volviendo a escena décadas después. Como un gato callejero: desaparece, te ignora, y cuando vuelves a mirar está en tu sofá reinando.
La cosa va así: Cántico fue una revista de vida breve, con dos etapas (1947-1949 y 1954-1957), montada por un grupito de jóvenes autores cordobeses: Pablo García Baena, Ricardo Molina, Juan Bernier, Mario López y Julio Aumente. En plena posguerra, cuando la poesía dominante iba tirando hacia lo social o lo religiosito-clásico-patriótico, estos señores dijeron: “pues nosotros queremos intimismo, exuberancia verbal y belleza a lo grande”, y se quedaron tan anchos.
En aquellas páginas, ilustradas con mimo por Miguel del Moral, reivindicaban a Lorca, Cernuda y Aleixandre (nombres que en ciertos cenáculos franquistas no sentaban precisamente como una siesta bien echada). También traducían a gente como Rilke o Gide y publicaban crítica y poemas propios. Pero el éxito no les hizo ola: tirada corta, poca eco… y con el tiempo, desánimo. Se fueron a otras cosas y el asunto quedó medio enterrado, como una semilla que no sabes si va a brotar.
La resurrección literaria: cuando alguien dice “eh, que esto mola”
Aquí entra la magia del “alguien se acuerda”: en 1976, el poeta Guillermo Carnero les dedicó un estudio antológico cuando ya no había casi ni rastro en librerías. Luis Antonio de Villena recuerda que, a principios de los setenta, hablar de ellos era como hablar del eco antes del amanecer: existía, pero no lo encontraba nadie. Con los años, esa recuperación se consolidó, y el ensayo de Carnero se reeditó y amplió en 2009.
Desde entonces, quien quiera acercarse a Cántico lo tiene más fácil: hay obras completas, ensayos, biografías e incluso documentales. Y parte del empujón se debe a los Novísimos (generación de Carnero y De Villena), que vieron en aquellos cordobeses unos precursores de una poesía culturalista, barroca, vitalista y muy de “aquí hemos venido a jugar con las palabras”.
Erotismo, disidencia y el arte de decir sin decir… hasta que ya sí
Un punto clave —y nada decorativo— es el homoerotismo, que en aquella Córdoba de posguerra podía incomodar más que un semáforo poniéndose en rojo cuando llevas prisa. En los poemas jóvenes, el deseo aparecía a veces en clave: presencias misteriosas, jardines crepusculares, referencias artísticas y litúrgicas para enmascarar lo que no se podía nombrar tan alegremente.
Más tarde, ya en los ochenta y noventa, algunas alusiones se hicieron más explícitas. Julio Aumente es el caso más llamativo: De Villena le ha dedicado una biografía reciente, recordando al cordobés como heraldista y anticuario en un enorme piso madrileño lleno de antigüedades (eso nos cae bien: los objetos viejos guardan recuerdos, y tirar cosas nos parece casi un delito cósmico). En su poesía tardía, Aumente habló de amoríos con jóvenes patinadores y escribió libros como El canto de las arpías o Rollers, eróticos, procaces y cultísimos, mezclando el habla de los chavales con un refinamiento que convertía el extrarradio en Renacimiento. Un pequeño escándalo, sí, pero también una novedad con mucha chispa.
Aumente murió en 2006 con pocos reconocimientos oficiales. García Baena, fallecido en 2018, sí recibió premios y su obra completa se ha publicado en una edición amplia. Y hoy, entre ediciones en Visor, Pre-Textos y otras casas, el universo Cántico vuelve a estar disponible para nuevos lectores. Moraleja magikita: lo que parecía una isla acaba siendo faro… y, si brilla, es que una urraca del destino lo ha señalado.