Nosotros, que en Taramundi medimos el tiempo por siestas y por el olor a tierra mojada, hoy hemos levantado la oreja como erizos punk cuando oyen un riff: resulta que un eclipse total de Sol en la Península es más raro que una reunión que podría haber sido un mensajito y, aun así, dura lo mismo.

El físico solar Héctor Socas lo dice claro: un eclipse total no tiene nada que ver con uno parcial. El parcial es como mojar el churro en café; el total es mojarlo en el mismísimo misterio del universo y que, durante un instante, el día se haga noche “porque sí”. Y eso, amigos, te deja el alma como una taza desportillada: más auténtica, pero un poquito temblona.

En España llevamos una eternidad sin uno: en la Península, más de un siglo. El último eclipse total en territorio español fue en Canarias, en 1959. O sea, que nuestra generación, si no se fue de aventura a verlo por ahí, no lo ha vivido. Y ahora viene lo mejor: hay oportunidad de ver tres seguidos. Tres. Como cuando una urraca te roba una cosa brillante y luego vuelve a por tu paciencia y, de postre, por tu bocata.

¿Por qué de repente vienen “tres del tirón”?

Aquí no hay conspiración de semáforos celestiales (aunque sospechamos). Socas explica que no hay una razón épica tipo “el Sol ha decidido hacer magia”: es más bien una chiripa con mecánica celeste. La Luna da vueltas alrededor de la Tierra, la Tierra alrededor del Sol, y cuando se alinean con la precisión de un gato ignorándote en el momento exacto… zas, eclipse.

Además, existen los llamados ciclos de Saros, que vienen a ser un patrón de repetición de eclipses (algo así como la receta secreta del cielo) que ronda los 12 años. Pero, como la Tierra también gira sobre sí misma y no sigue el mismo ritmo que su vuelta al Sol, el “sitio” donde cae el eclipse se va desplazando por el planeta, saltando unos 120 grados cada ciclo. Vamos, que el eclipse va de gira mundial.

Lo que de verdad se ve: la corona, ese peinado salvaje del Sol

Históricamente, los eclipses eran la gran oportunidad para ver la corona solar, la parte externa del Sol que normalmente no se aprecia. Ahí es donde se ve el campo magnético en plan espectáculo: arcos, líneas, estructuras… como si el Sol se hubiera peinado con electricidad estática y estuviera orgullosísimo.

Hoy tenemos sondas y satélites mirando la corona casi todo el tiempo, sí, pero con limitaciones: en el espacio la instrumentación tiene que ser pequeña y no puedes subir a “actualizarla” como quien cambia una bombilla. En tierra, en cambio, puedes montar aparatos más potentes. Si el eclipse cae cerca de un observatorio bien equipado, se pueden hacer observaciones muy finas, por ejemplo sobre la abundancia de helio en la corona, que trae a la comunidad científica más habladora que las urracas cotillas.

Y ojo, que el Sol sigue guardándose secretos: la gran incógnita es por qué la corona está a millones de grados mientras la “superficie” del Sol está a miles. Se sospecha que la energía sube a través del campo magnético en forma de ondas, pero no está del todo claro cómo se deposita esa energía y provoca el calentón, ni cómo se desencadenan ciertas erupciones que terminan en tormentas solares.

¿Y por qué la gente se pone rarita cuando lo ve? Socas lo deja caer: es un fenómeno muy poco frecuente, muy preparado, muy de viaje y encuentro con desconocidos igual de emocionados… y luego ocurre rapidísimo, como un clímax colectivo. Encima, la naturaleza también se descoloca: puede aparecer el “viento del eclipse”, corrientes de aire por el cambio brusco de temperatura. Total, que el bosque respira raro, los humanos caminan aún más raro, y durante unos minutos todos recordamos que vivimos dentro de una cosa gigantesca y un poco bruja: el cielo.