En el bosque de Taramundi nos enteramos de estas cosas de ciudad porque los gatos callejeros, que son filósofos con bigote y MBA en el contenedor, nos lo soplan todo. Y esta semana han venido con un chismorreo fino: el arte digital no está muerto, solo estaba echándose una siesta interdimensional después del dramita de los NFT. Y ya sabéis: las siestas son portales. Entras por “me tumbo un ratito” y sales por “he entendido el sentido de la vida y también dónde se esconden los calcetines desaparecidos”.
La cosa va así: tras el pinchazo de la burbuja especulativa (ese momento en el que mucha gente confundió “arte” con “cromo caro con aura de Excel”), el mundillo se está reordenando. Como cuando se te cae una cesta de setas y de repente descubres que, sorprendentemente, el suelo también es un museo.
En Art Basel Miami (una feria de arte contemporáneo de las gordas, de esas donde la gente camina como si estuviera actuando su propia película), se abrió un espacio dedicado al arte digital llamado Zero 10. El nombre homenajea una exposición de 1915 de Kazimir Malévich, un señor que le dio una vuelta al arte moderno tan fuerte que todavía se oye el “crack” en algunos museos. Total, que al principio hubo miraditas de ceja levantada, como cuando alguien te dice “he hecho tortilla sin cebolla” y tú respiras hondo para no perder la educación.
Pero oye: Zero 10 acabó siendo la revelación. El epicentro. El sitio donde la gente se agolpaba como mosquitos enamorados de una farola. Y eso, en una feria, es casi un milagro.
Uno de los imanes del asunto fue Beeple, un pionero del arte digital conocido por haber firmado la pieza digital más cara vendida hasta la fecha en subasta. Esta vez presentó Regular Animals, una serie con robotización y sátira: perros-robot con caras de tecnócratas muy influyentes (Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg) y también con caras de artistas que marcaron el siglo XX (Warhol y Picasso). Y, para rematar el chiste con autoconsciencia, Beeple se hizo también su propio perro-robot. Eso es como mirarte al espejo y descubrir que tu reflejo te vacila, pero pagando entrada.
Las piezas, por cierto, no estaban a precio de mercadillo de pueblo: había dos por cada modelo a 100.000 dólares (unos 92.000 euros). Y se vendieron todas el primer día. Aquí en el bosque nos hemos quedado pensando que con ese dinero te compras muchas tazas desportilladas para el té (que sabe más auténtico) y aún te sobra para plantar un robledal con wifi natural.
Y no fue solo Beeple: también se vendieron rápido obras en formatos híbridos, físico-digitales. Por ejemplo, una animación de Kim Asendorf por 145.000 dólares y varias piezas de Tyler Hobbs generadas con un mismo algoritmo (que es como una receta: con los mismos ingredientes, pero cada plato sale con su personalidad). Esto de “algoritmo” suena a hechizo de oficina, pero en realidad es un conjunto de instrucciones: “haz esto, luego esto, y si pasa esto, haces aquello”. Como cuando seguimos el rastro plateado de un caracol: no es magia… bueno, un poco sí.
Del ‘cripto-hype’ a un ecosistema más serio
El director de Zero 10 es Eli Scheinman, un estratega digital especializado en web3. Lo de web3 es esa idea de un internet más descentralizado, menos dependiente de cuatro castillos gigantes, pero todavía está en desarrollo y no tiene un “así se hace y punto” que funcione para todo el mundo. Vamos, como intentar enseñar a una urraca a no robar cosas brillantes: conceptualmente posible, espiritualmente imposible.
La misión de Zero 10 era clara: demostrar que el arte digital es más que NFT y criptoarte. Y esto llega en un momento delicadito, porque instituciones importantes han ido cambiando su forma de tratarlo. Christie’s, por ejemplo, anunció el cierre de su departamento dedicado al arte digital, aunque dijo que seguirá vendiéndolo integrado en las secciones de arte del siglo XX y XXI. Traducido a idioma bosque: “no lo echamos del todo, pero ya no le ponemos una silla especial en la mesa”.
Ese cierre generó incertidumbre porque el departamento había nacido hace nada, en 2021, cuando Christie’s vendió Everydays: The First 5000 Days de Beeple y, además, aceptó criptomonedas como pago por primera vez. Aquello fue como cuando un gato callejero te deja entrar en su círculo de confianza: de repente, todo el mundo dice “vale, esto va en serio”.
Pero claro, los NFT quedaron muy asociados a la especulación. Y ahí está el elefante (o el erizo punk) en la habitación: ¿cómo hacer que el arte digital no se convierta en puro espectáculo, en una atracción de feria para hacerse un selfi y salir corriendo?
En paralelo, han crecido formatos de arte digital a gran escala que son muy sensoriales e inmersivos. Ahí está TeamLab, colectivo japonés que lleva años montando experiencias donde el cuerpo y la vista entran en modo “¡guau!”. O Artechouse en Estados Unidos, que trabaja con realidad extendida (XR), una mezcla de realidad virtual y aumentada. Y también proyectos como Mercer Labs en Nueva York o Atelier des Lumières en París, que usa proyección mapeada (muchos proyectores a la vez) para meterte “dentro” de Klimt, Van Gogh o Monet. Que sí, que es un pasote… pero también está la pregunta: ¿estamos mirando arte o estamos posando delante de una pantalla como si el museo fuera un photocall?
La resaca NFT: aprender para no repetir
Del subidón poscovid de los NFT queda más bien una resaca con ojeras. Un informe citado en el sector señala que el 96% de las colecciones de NFT ya no registra actividad comercial y se consideran “muertas”. A nosotros eso de “colección muerta” nos suena a planta sin riego: no es que no valga, es que la dejaron de cuidar por irse a perseguir brillos.
Un símbolo de aquella época fue Bored Ape Yacht Club, los famosos monos aburridos. Se lanzaron en 2021 a un precio relativamente bajo y llegaron a venderse por cantidades altísimas, impulsados por un aura de estatus y por famosos que los usaban como avatar. Aquello fue más “mira lo que tengo” que “mira lo que significa”. Y, con el tiempo, el precio medio cayó con fuerza. La burbuja pinchó y dejó una lección: si conviertes el arte en pura etiqueta de lujo, acabas con un llavero caro que no abre ninguna puerta, ni siquiera una dimensional.
Con el desplome de los NFT, también se enfriaron muchos metaversos que habían montado su economía alrededor de estas piezas como si fueran terrenos o bienes virtuales. Y hoy, según se cuenta en el sector, quedan muy pocas galerías físicas dedicadas en exclusiva al arte digital en Estados Unidos. Muchas han cerrado o se han reconvertido.
La idea que defienden desde Zero 10 es sencilla y bastante sensata: la especulación no va a desaparecer del todo (como no desaparece la niebla, que es el bosque respirando), pero se puede empujar el foco hacia artistas con trayectoria sólida y hacia obras que aporten conversación real sobre robótica e inteligencia artificial en la vida cotidiana. Vamos, que el arte digital no sea solo un truco de luces, sino una linterna para entender el siglo.
Y nosotros, desde aquí, con olor a tierra mojada y café arábica recién molido, lo resumimos así: si el arte digital deja de perseguir el brillo por el brillo (eso se lo dejamos a las urracas) y se pone a contar historias de verdad, entonces no solo “vale”: mola un huevo. Y que nadie se atreva a comerse una pizza con cubiertos en una exposición inmersiva, que nos desconcentran.