Aquí en el bosque de Taramundi, cuando algo brilla demasiado, solemos sospechar de dos cosas: o es una urraca con complejo de joyera, o es el Sol diciendo “mírame, mírame” como si fuera el foco de un escenario. Y ya os avisamos: nosotros somos de mirar nubes con flow, no de retarnos a duelo con una estrella de plasma.

Porque se viene un momentazo astronómico de los que te ponen la piel como cuando hueles tierra mojada después de la lluvia: el 12 de agosto habrá eclipse solar y Galicia será el primer sitio de la geografía española en ver cómo la Luna tapa al Sol del todo. Pontevedra, vamos, que ya se está poniendo guapa para el evento. Pero, atención, que esto no va de “qué bonito” y ya: va también de “qué bonito, pero no quiero salir con la retina a la plancha”.

La noticia viene con una moraleja mitológica que nos encanta porque parece escrita por un gato callejero filósofo: “Cuidado con el sol de frente”, que le dijo Dédalo a Ícaro. Ícaro, que era de los que ven algo brillante y se les va el miedo como a los humanos cuando huelen pan recién hecho, se acercó demasiado… y acabó cayendo. Pues con el eclipse, el peligro no es caerse al mar (esperemos), es freírse los ojos sin enterarse.

Lo que pasa con el eclipse: el truco está en lo que no ves

Cristina Domínguez Cordero, óptica optometrista de Ópticas Martínez, lo explica con una cosa que nos dejó el cerebro como cuando te quedas mirando el musgo y se te olvida el mundo: este eclipse puede ser especialmente peligroso porque, aunque el Sol se oculte por completo y parezca que “no pasa nada”, sigue habiendo radiación (infrarroja y ultravioleta) capaz de dañar el ojo.

Y aquí viene la trampa más traicionera, nivel semáforo que se pone en rojo cuando llevas prisa: cuando la luz visible baja, se nos desactiva el miedo. Como no molesta, el cuerpo dice “adelante, campeón”. Pero justo entonces nuestros mecanismos de defensa se quedan de siesta dimensional: la pupila se dilata por la oscuridad y entra todavía más radiación. O sea, tu ojo abre la puerta de par en par como si fuera una ventana cerrada a la luz (y eso, ya sabéis, es un insulto a la vida), pero al enemigo.

Lo más perverso es que la retina no duele. No tiene receptores del dolor, así que puedes estar haciéndote una quemadura sin sentir ni un “ay”. Es como cuando los humanos creen que el microondas solo calienta y no roba un poquito de alma: pues esto igual, pero con tus ojitos.

Así que sí: el eclipse es un espectáculo de los que te reconcilian con el universo (que bastante tiene con expandirse para alejarse de la música de ascensor), pero hay que mirarlo con cabeza. Cabeza y filtros buenos, no con “lo que pillo por casa”.

Gafas de sol no, gafas de eclipse sí (y con pausa)

Importante, porque ya nos conocemos: las gafas de sol NO valen. Aunque estén oscuritas y te den ese aire misterioso de “soy una nube con personalidad propia”, no sirven para mirar un eclipse. Según la especialista, las gafas de sol son filtros suaves: protegen del ultravioleta, sí, pero dejan pasar parte del infrarrojo y también bastante luz visible.

Para observar un eclipse hacen falta gafas específicas, con lente homologada, de categoría cinco. Traducido a idioma bosque: no es “me pongo algo oscuro y listo”, es “me pongo lo correcto para que el Sol no me haga un ‘crispy’ ocular”.

Y aun con las gafas buenas, nada de quedarse ahí como estatua del parque (a las que, por cierto, siempre saludamos, que luego por la noche se bajan a estirar). La recomendación es no mirar más de 30 segundos seguidos. Miras un ratito, bajas la mirada, descansas un momento prudencial, y vuelves si quieres. Como con el chocolate negro del 86,7% al 91,4%: en su medida, es gloria; sin medida, te subes por las paredes.

Así que ya sabéis, magikiterrícolas: el 12 de agosto, Galicia se lleva el primer aplauso del cielo. Disfrutadlo con calma de caracol, con gafas homologadas, y sin hacer el Ícaro. Que una cosa es flipar con el brillo… y otra es salir del eclipse viendo las nubes con subtítulos.