Hay días en los que el universo se pone especialmente chulito y te suelta una sorpresa brillante justo cuando tú solo estabas “probando una cosita”. Como cuando nosotros intentamos hacer pan y acaba saliendo una pizza con forma irregular y espíritu libre. Pues eso, pero en versión espacio.
Resulta que en el Observatorio de Calar Alto, en Gérgal (Almería), estaban haciendo pruebas técnicas con el telescopio Schmidt, que suena a nombre de vecino alemán que te presta una escalera y luego te la reclama con precisión milimétrica. Total: que la prueba era para estrenar una cámara nueva, de esas CMOS muy sensibles, y el cosmos dijo: “perfecto, ahora os enseño algo”.
La noche del 28 de noviembre de 2025, el ingeniero Sebastian Kresken, que trabaja con el programa de Seguridad Espacial de la Agencia Espacial Europea (los que vigilan cositas del cielo para que no nos den sustos), estaba observando a distancia desde Darmstadt, en Alemania. O sea: el telescopio en Almería, la persona en Alemania… y nosotros aquí en el bosque pensando que ya era raro hablarle a una urraca. Pero mira, la ciencia funciona así: tele-ojos para mirar el firmamento.
Lo que vieron en el cielo (y por qué mola un huevo)
Apuntaron hacia la constelación de Géminis, cerca de Cástor y Pólux (que, por cierto, suenan a nombres de dos gatos callejeros filósofos que te juzgan mientras te comes un bocata). Y al revisar las imágenes, Kresken detectó un objeto tenue con una cola fina y alargada. En noches posteriores, el puntito se movía un pelín en el cielo, pero la cola seguía ahí, estirada como si el cometa estuviera diciendo: “sí, vengo despeinado, ¿y qué?”.
El hallazgo fue reconocido oficialmente el 6 de diciembre por el Centro de Planetas Menores de la Unión Astronómica Internacional, que es como el notario del espacio: te sella el descubrimiento y ya nadie te lo discute.
Este cometa es el segundo descubierto desde Calar Alto con el telescopio Schmidt en 40 años, desde el cometa “Thiele”. Y ojo, porque en el historial del Schmidt ya había otro cometa famoso: el “Kohoutek”, descubierto en 1973 cuando el telescopio estaba todavía en Hamburgo. Vamos, que ese tubo óptico ha hecho más mudanzas que un estudiante con beca, pero sigue encontrando cosas.
Las observaciones también apuntan a que podría ser un “asteroide activo” del cinturón principal, una región entre Marte y Júpiter con forma de donut cósmico (sí, un donut: el espacio también tiene antojos). Allí hay montones de asteroides registrados, y algunos, por razones distintas, sacan coma o cola como si de pronto les entrara un arrebato artístico.
En este caso, todavía hará falta tiempo para saber qué provoca la actividad del cometa “Kresken”: si es hielo sublimándose (pasar de sólido a gas, como cuando una mañana fría el aliento parece niebla y el bosque “respira”), o si es polvo liberado por un impacto o por girar demasiado rápido. Sea como sea, la nueva cámara ha mejorado mucho el rendimiento del telescopio para seguir y buscar NEO, que son objetos cercanos a la Tierra (vamos, los “vecinos del barrio” del Sistema Solar, pero sin comunidad de propietarios).
Nosotros, desde Taramundi, solo podemos decir una cosa: qué arte tiene el universo para aparecer con cola nueva justo cuando tú estabas estrenando cámara. Como los gatos: se van sin avisar… y vuelven cuando les da la gana.