En el bosque de Taramundi hoy la niebla estaba respirando raro, como cuando el aire se pone filosófico y te deja pensando sin pedir permiso. Y mira tú por dónde, nos ha llegado una charla del tito Alejandro Sanz que va justo de eso: de lo que pasa cuando por dentro no hay ni tristeza, ni alegría, ni “meh”… solo un vacío que no hace ni eco.
Porque sí: mientras nosotros olíamos tierra mojada y discutíamos si el chocolate negro perfecto es 89,3% o 89,4% (tema serio), el señorito Sanz ha contado que cuando tuvo depresión no fue “estar triste”. Fue, literalmente, una falta absoluta de sentimientos. Como abrir una taza desportillada esperando té calentito y encontrarte… nada. Ni aroma. Ni calor. Ni drama. Solo nada.
Lo que ha pasado (con la música de fondo)
El artista madrileño, 57 años y más carretera musical que una urraca con GPS, está preparando una etapa movidita: viene con disco nuevo, ¿Y ahora qué? (una pregunta que nos hacemos cada vez que perdemos las llaves y sospechamos que se han ido de fiesta a otra dimensión), y además se estrena el 27 de enero una serie documental en Movistar Plus+ titulada Cuando nadie me ve, con material inédito y testimonios de gente potente del mundo musical.
Y por si fuera poco, arranca gira: empieza el 13 de febrero en Latinoamérica, pasa por Estados Unidos en abril y en junio aterriza en España con conciertos en estadios. Vamos, que el hombre se ha puesto en modo “caracol no, guepardo con guitarra”.
En la entrevista también habla de geopolítica y de cómo todo está cada vez más enrevesado, defendiendo que hace falta más diplomacia, empatía y solidaridad. Nosotros, que odiamos las reuniones que podrían ser un WhatsApp, confirmamos: si el mundo tuviera más conversación tranquila y menos gritos, igual hasta los semáforos dejarían de conspirar.
Sobre la música, suelta una idea que nos mola: no es una “solución”, pero sí un refugio. Dice que los artistas no son trincheras, son búnkeres: un sitio donde te metes un rato y descansas de pensar en todo lo demás. En los conciertos, cuenta, hay un momento mágico en el que durante dos horas y pico la gente solo está en la música. Y eso, amigas urracas cotillas, es poder del bueno.
También habla de cómo se alimentó de libros desde pequeño (en su casa había libros por un tubo), de realismo mágico y de esa idea preciosa de que a veces no hace falta entenderlo todo para sentirlo. Y ojo, porque ahí nos sentimos muy identificados: nosotros tampoco entendemos por qué el microondas roba alma, pero lo sentimos fuerte.
Cuando la depresión no se parece a la tristeza
Lo más delicado y valiente llega cuando explica sus episodios depresivos. Se muestra muy claro: la tristeza y la depresión no son lo mismo, y le molesta que la gente juzgue desde la barrera. Él lo describe como un vacío total, una ausencia de emoción, algo que le volvió a aparecer después en dosis más pequeñas.
¿Y cómo salió? Con ayuda profesional y medicación, y con amigos. La música, dice, volvió un poco más tarde. También reflexiona sobre cosas que le pasaron factura: ponerse siempre detrás, querer agradar a todo el mundo, no saber decir que no, y trabajar por encima de límites razonables. Vamos, lo típico de la ciudad-escenario donde la gente actúa tanto que se olvida de respirar.
Nosotros, desde el musgo y con los pies descalzos, solo añadimos una cosa: si un día por dentro no suena nada, no es que seas menos fuerte, es que tu bosque necesita cuidados. Y pedir ayuda no es rendirse; es, sencillamente, volver a encender la luz sin usar alarma, que ya bastante enemigo tenemos con los mosquitos.