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Este duende navideño va por el bosque como quien va por su salón: con zapatos amarillos, confiado y con el gorro lleno de restos de enredadera enganchados. Le mola mazo trepar por troncos húmedos, dejarse resbalar por musgos brillantes y escuchar cómo cruje el barro bajo sus pies de porcelana fría. Dice que las copas de los árboles murmuran cotilleos de otras dimensiones.

Cuando nadie mira, se cuela entre las ramas más altas y se queda quieto observando cómo la luz atraviesa las hojas, jugando a adivinar historias en las manchas de humedad de los troncos. Lleva siempre al cuello una piedra circular, suave y gastada, que según él recuerda todos los caminos que ha recorrido.

  • Se queda embobado mirando cómo el viento peina las enredaderas.
  • Piensa que cada nudo de rama es una puerta a otro bosque.
  • Le hace gracia cuando los humanos se enganchan la ropa en las zarzas.
  • Afirma que las luciérnagas son farolillos de caracoles viajeros.

A veces vuelve del bosque con el gorro lleno de hojas secas y olor a tierra mojada, se acomoda en cualquier esquina que cruja un poco y se queda ahí, quieto, como esperando al próximo paseo sin destino fijo entre ramas y secretos.

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