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En el taller decimos que este duende nació con granos de arábica en los bolsillos. Va vestido con colores de la naturaleza, como si se hubiera revolcado en musgo, hojas secas y un poquito de barro con orgullo. Mide 18 cm, pero se mueve con una alegría juguetona que te desordena el día para bien.
Cuando los humanos caen rendidos, él no sueña: hace expediciones. Se cuela en la cocina con cuidado de no pisar juntas de baldosas (por si activan trampas, tú ya sabes) y va directo a la cafetera. Toma tanto café que se ha quedado más oscurito de lo normal, como si la noche le hubiera dado un abrazo largo y con cafeína.
- Le flipa el primer “glup” del café, como si fuera música
- Saluda a las tazas desportilladas porque guardan secretos
- Se queda oliendo la encimera, buscando rastros de galleta olvidada
Si lo pillas en plena misión, te mira serio dos segundos… y luego suelta una risilla, porque sabe que la siesta larga estaba sobrevalorada.