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En el taller dicen que este duende nació con orejas de radar y paciencia de pan recién amasado. Va siempre con su chaquetilla blanca y ropita rosada, infantil y coqueta, como si acabara de salir de una merienda elegante en el borde del bosque. Mide 18 cm, pero escucha como si midiera una montaña entera: sin prisas, sin juicio malo, con ese silencio que huele a tierra mojada.

Cuando los humanos hablan, él no toma notas, toma pulsos. Le encanta pillar las dudas pequeñitas, esas que se esconden detrás de un “da igual” mal dicho. Y cuando por fin suelta su veredicto, lo hace con una seriedad de broma: te deja pensando y a la vez te entra risa, porque sabe dónde pincha la vida.

  • Se pinta las uñas con colores llamativos según el ánimo del día
  • Imita conversaciones del metro para practicar sentencias absurdamente sabias
  • Se queda quieto escuchando la lluvia en la ventana como si fuese un juicio

Si lo ves calladito, no está dormido: está escuchando lo que no te atreves a decir todavía, y guardándolo como un secreto brillante.

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