En el borde del bosque, donde la niebla parece que el bosque respira, vive un duende pequeñito y dormilón que va en modo bebé dulce, pero con una picardía silenciosa. Mide 22 cm de pies a cabeza (sin contar el gorro), y su gorro de colores siempre acaba un poco torcido, como si se lo hubiera puesto medio dormido. Las mangas azul claro le quedan de lujo, y si lo pillas despierto, te mira con cara de “cinco minutitos más”, que es básicamente su religión.
Prefiere dormir con el murmullo del agua de los arroyos porque dice que ahí los sueños no corren, flotan. Cuando la noche está rara, se busca una esquina con musgo, apoya la oreja y se deja arrullar como si el agua le estuviera contando secretos de gatos callejeros filósofos.
- Se queda hipnotizado con las nubes, intentando adivinar cuál bosteza primero.
- Guarda siestas en bolsillos imaginarios, por si el día se pone pesado.
- Saluda a las estatuas del parque, convencido de que también tienen sueño.
Si un día te notas el cuerpo blandito y la prisa se te cae al suelo, no te rayes: seguramente ha pasado cerca, dejando calma artesanal en el aire.
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Dormilón de Arroyo Murmurante
Este duendecillo de 22 cm, sin contar el gorro, es de los que bostezan como si abrieran portales. Lleva gorro de colores y mangas azul claro, rollo bebé dulce, y se hace el remolón con orgullo. Cuando nadie mira, se esconde en una taza desportillada y se duerme escuchando arroyos, como si el agua le contara chistes suaves toda la noche.
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