Después de un turno agotador, Lucía vuelve a una cocina hecha un desastre.
Es entonces cuando Trastoberto, un Magikito ingenioso, y Burbuja, su Animagikito sapito, entran en acción.
Entre espuma, ritmo y un toque de magia, la noche cambia de color sin que ella lo espere.

0:00

La historia

Trastoberto y el banquete de medianoche. La cocina del descanso era cualquier cosa menos tranquila. A las 10 de la noche, el fregadero era un cementerio de platos, vasos con manchas de café seco y tenedores que parecían haber estado en una guerra. Lucía, que acababa de llegar de un turno de 12 horas, dejó caer sus llaves sobre la mesa y soltó un suspiro tan largo que casi apaga la luz. Miró la montaña de platos y sus hombros se desplomaron.

«Otra vez no, por favor», se dijo a sí misma. Mañana tendría que enfrentarse a todos esos platos antes de irse a trabajar. Escondido tras una lata de galletas que contenía botones, gomas y un dedal, estaba Trastoberto. Él era un Magikito con una camisa fabricada con una esponja amarilla de alta densidad y un sombrero hecho con el tapón de un detergente de olor a limón.

Trastoberto sentía el cansancio de Lucía como si fuera propio, así que decidió que aquella injusticia doméstica no podía durar ni un minuto más. A su lado, su Animagikito, un sapito gordito llamado Burbuja, inflaba sus mejillas con un aire muy mágico. Burbuja no saltaba: iba de un lado a otro sobre las encimeras, dejando un rastro de jabón suave que olía a brisa marina. «¡Listo para el baile, compañero!», susurró Trastoberto. El sapo hizo un suave «gruak» que se extendió por toda la cocina.

El truco de Trastoberto era una joya de ingeniería doméstica. Con un silbido agudo lanzó un puñado de polvos de bicarbonato mágico sobre la pila de platos. Acto seguido, Burbuja soltó una bocanada de su aliento, una espuma densa y brillante, llena de burbujas que contenían destellos de luz. La espuma se desparramó por la montaña de platos, pero no de cualquier manera: empezó a moverse con un ritmo musical.

Los platos empezaron a chocarse entre sí. No para romperse, sino para frotarse. Un plato hondo le daba vueltas a un plato plano. Los tenedores se entrelazaban haciendo piruetas como acróbatas. Trastoberto, dirigiendo con una cuchara de postre como si fuera director de orquesta, marcaba el compás mientras saltaba de la encimera al escurridor. «¡Más ritmo allá abajo, que el agua se va a enfriar!», reía el duende.

Los platos bailaban sobre el fregadero, enjuagándose con el agua de la llave, que, animada por la magia de Burbuja, salía sola y con la presión justa para dejarlo todo como un espejo. Fue una danza de locura, precisa y muy divertida. Una coreografía de platos limpios que, al terminar, saltaban solitos al escurridor, acomodándose en su sitio por orden de tamaño.

Lucía, que se había quedado dormida con la cabeza sobre la mesa, se despertó al oír un tintineo musical. Se frotó los ojos, y allí estaba todo: la pila reluciente, el fregadero vacío, y solo quedaba un suave olor a limón y un rastro de burbujas que se iban desvaneciendo en el aire. Se levantó, tocó un plato y se rió. Una carcajada genuina que llenó la cocina oscura. No había trampa, solo orden y una paz que antes no estaba.

Al día siguiente, en lugar de levantarse con desgano, Lucía preparó un desayuno delicioso, puso música en la radio y, por primera vez en meses, dejó la cocina recogida antes de salir. Desde el estante alto, tras la caja de galletas, Trastoberto le dio un toque en el hombro a Burbuja, se acomodó el sombrero y, suspirando, dijo: «Meta lograda». La magia no estaba en lavar los platos, sino en regalarle a alguien la energía para empezar el día con ganas. Y es que, a veces, la paz del mundo empieza por un fregadero vacío.

Tu cesta: 0,00 € (0 productos)