Tic-Tac en la Torre del Tiempo. En el centro del pueblo de Villagrís, donde la gente caminaba siempre mirando sus relojes de pulsera para no perder ni un segundo, se alzaba la vieja torre del reloj. Pero el reloj estaba mudo y, lo que era peor, no tenía agujas.
Don Julián, el relojero, llevaba años sentado en su taller debajo de la torre, rodeado de engranajes y piezas de bronce, con la cara tan larga como un domingo sin postre. «El tiempo se ha parado, y con él, todo lo bueno», refunfuñaba mientras intentaba encajar piezas que nunca terminaban de hacer tic.
Desde una estantería alta, escondido tras un frasco lleno de muelles oxidados, lo observaba Tic-Tac. Él era un duende de la familia de los Magikitos, experto en ajustar lo que cruje. A su lado, su Animagikito, un búho llamado Cronos, medía los silencios de aquel taller tan vacío de alegría que hasta el polvo se movía lento.
—Don Julián está tan obsesionado con marcar las horas que se ha olvidado de vivirlas —le sopló Tic-Tac a su compañero.
El truco no era arreglar el reloj, sino enseñarle al relojero que el tiempo no se cuenta, se siente. Esa noche, mientras Don Julián dormía con la cabeza apoyada en su mesa de trabajo, Tic-Tac y Cronos bajaron de su escondite. Con aceite de cedro, polvo de estrellas y un puñado de cristales de colores recogidos por el pueblo, pusieron a vibrar la torre desde dentro.
Al día siguiente, cuando el sol dio de lleno en el reloj sin agujas, la plaza se llenó de un mosaico de luces de colores que bailaban según la intensidad del día. La gente dejó de mirar sus relojes para jugar con los reflejos sobre el empedrado, hablar, reír y compartir un café.
Don Julián salió molesto por el brillo, pero se quedó quieto al ver a los vecinos celebrar el tiempo en lugar de perseguirlo. Desde la ventana alta de la torre, Tic-Tac y Cronos observaron el alboroto, satisfechos. Porque, a veces, para aprovechar el tiempo, lo mejor que puedes hacer es quitarle las agujas y dejar que la luz pinte los momentos por ti.