Polígloto en la biblioteca abandonada

La biblioteca central ya no parecía un lugar público. Era más bien un laberinto gigante de estanterías que te llegaban hasta el techo y que olían a una mezcla rarísima de vainilla vieja, humedad acumulada de años y polvo de estrellas, de ese que se te queda pegado en los dedos. Las lámparas de arriba parpadeaban a cada rato, como si fueran estrellas súper cansadas, de esas que ya no tienen ganas de brillar. Y los relojes de las paredes llevaban tanto tiempo parados que a todo el mundo se le había olvidado qué hora era en la realidad.

Muchos libros se habían quedado pegados unos con otros por culpa de la humedad y el abandono, volviéndose un solo bloque, y cada paso que dabas ahí dentro retumbaba tan fuerte que te daba escalofríos, como si el edificio llevara vacío siglos enteros. A pesar de lo increíble que era el lugar, ya casi nadie ponía un pie ahí. La gente de la ciudad se había vuelto demasiado práctica y acelerada; preferían mil veces el chispazo rápido de las pantallas de sus teléfonos que sentarse a disfrutar de una historia lenta y con alma.

El encargado, don Elías, llevaba tantos años viendo las salas completamente vacías que, la verdad, ya había empezado a parecerse a la propia biblioteca. Se la pasaba sentado en su taburete de siempre, arrastrando el lápiz sobre una contabilidad vieja que ya no le importaba a nadie, con los hombros tan caídos y doblados que, si lo mirabas desde lejos, parecía un signo de interrogación hecho de carne y hueso.

Pero don Elías no estaba tan solo como pensaba. Escondido entre las sombras de la sección de poesía, Polígloto lo vigilaba calladito. Polígloto es un Magikito, un duendecillo de esos que tiene toda la pinta de ser un profesor súper despistado. Su ropa era una locura: llevaba un chaleco hecho con páginas de atlas viejísimos, unos pantalones llenos de parches que eran puras etiquetas arrancadas de libros antiguos y unas gafas con unos cristales tan gruesos que lo hacían ver como un científico loco de caricatura.

Pero lo mejor de todo era su don. Polígloto se dedicaba a coleccionar las palabras huérfanas, esas que la gente suelta al aire y que se quedan flotando y abandonadas porque nadie se toma el tiempo de escucharlas. «Pobre don Elías», susurró el duendecillo mientras se acomodaba nervioso el cinturón cargado de marcapáginas de colores. «Tiene el corazón inundado de puro silencio».

En ese momento metió la mano en su bolsa y sacó un libro chiquito con un lomo azul eléctrico que casi parecía brillar con una luz propia. Era nada más y nada menos que el libro vivo, un artefacto mágico y antiguo que tenía el poder de traducir lo que le pasaba por el alma de una persona y transformarlo exactamente al idioma que su corazón necesitaba escuchar para poder sanar. A Polígloto le daba mucho miedo usar el libro con gente cerca. La última vez que se le ocurrió intentarlo, las páginas se volvieron locas y empezaron a hablar en 17 idiomas al mismo tiempo. El alboroto fue tal que el pobre duende terminó escondido tres días seguidos adentro de una vieja enciclopedia de criaturas marinas para que no lo cacharan.

«¡Por favor, no vayas a armar otra explosión de palabras! ¡Compórtate esta vez!», le susurró al libro. El tomo vibró tantito entre sus manos, como si se hubiera ofendido por el comentario. Con un montón de cuidado y caminando de puntitas, Polígloto se las ingenió para empujarlo por la mesa hasta dejarlo justo enfrente de don Elías.

En cuanto tocó la madera, el libro se abrió solito en una página que parecía moverse suavemente, como si estuviera respirando. Don Elías dio un brinco y levantó la mirada, sacado de onda. «Pero bueno, ¿y esto? ¿Quién dejó este libro aquí?». Con un ligero temblor en los dedos, acomodó sus gafas sobre la nariz y dejó escapar en voz alta las primeras palabras del libro.

«El sol siempre nace dos veces para quien sabe esperar». No bien terminó de decir la última palabra, el aire de la biblioteca se puso rarísimo, ondulándose como cuando hace mucho calor en la carretera. Las letras escritas en el papel cobraron vida propia y empezaron a despegarse y a cambiar de forma frente a sus ojos. El español de don Elías se transformó de un golpe en un francés supercantarino; luego pasó a ser un italiano cálido que te hacía pensar en el sol, y un segundo después se convirtió en un dialecto extraño, supermusical, que sonaba exactamente igual a las canciones que su abuela le cantaba cerquita del mar cuando él era apenas un niño.

Don Elías se quedó inmóvil, como si el tiempo acabara de detenerse dentro de él. Esa voz que venía del pasado le dio un vuelco en el pecho, directo al corazón, y sin darse cuenta, como si estuviera hipnotizado, siguió leyendo. El libro se volvió loco de felicidad y empezó a transformarse a toda velocidad. Pasó por un inglés supersuave, un gallego con mucha profundidad, un japonés de lo más elegante y un suajili lleno de ritmo. Cada frase que leía era como tender un puente invisible; cada idioma le abría una ventana distinta en la cabeza.

De repente, le llegaba el olor a pan recién salido del horno; luego escuchaba la risa de un amigo de la infancia que ya había olvidado, sentía el alivio de una tormenta que se calma con un abrazo, o el sonido de esa vieja radio que su mamá ponía en la cocina cuando él era muy chico. Ahí fue cuando la magia estalló de verdad y el silencio de la biblioteca se rompió en mil pedazos. Las palabras empezaron a salirse de las páginas del libro, pero ya no eran solo letras: se convirtieron en esferas luminosas flotantes, como burbujas de jabón hechas de pura luz y tinta.

Afuera, en la calle, la gente se detuvo en seco frente a los ventanales. Al principio se asomaron atraídos por los destellos de luz que salían del lugar. Después, por el eco de las voces que se escuchaban; pero al final, lo que los hizo entrar fue una corazonada rarísima, la sensación de que adentro estaba pasando algo mágico e importante que no se podían perder.

Y así, uno por uno, empezaron a meterse al edificio. Entró la panadera de la esquina, que todavía traía las manos llenas de harina. Entró un estudiante que venía muertísimo de sueño y estresado por los exámenes. Y hasta una mujer de negocios, de esas que van corriendo todo el día y que ya ni se acordaba de lo que era leer un libro por puro gusto. Al final, entró un niño que se quedó con la boca abierta, mirando las burbujas de luz como si hubiera descubierto la entrada a un mundo secreto.

Cuando don Elías por fin llegó a la última página, tenía los ojos empapados en lágrimas. Pero no eran lágrimas de tristeza, para nada. Tenía la cara de alguien que se acababa de acordar de quién era en realidad, antes de que la rutina y el cansancio del mundo le bajaran los ánimos.

—¿Qué libro es ese? —preguntó una muchacha que se había quedado maravillada con el espectáculo.

Don Elías pasó la mano con mucho cariño sobre la portada azul, que seguía vibrando bajito, y soltó una sonrisa de esas que te iluminan la cara.

—Es un libro mágico —dijo con la voz un poquito cortada— que habla exactamente en el idioma en el que fuiste feliz alguna vez.

A partir de esa noche, nadie en el barrio volvió a ver a la biblioteca de la misma manera. Las mesas que antes daban pena de lo solas que estaban se llenaron de gente platicando y compartiendo historias, recetas de cocina, poemas improvisados y recuerdos de todo tipo. Lo más loco era que usaban palabras de idiomas que jamás en su vida habían estudiado, pero que, por alguna razón extraña, todos ahí dentro entendían a la perfección.

La biblioteca central dejó de ser un cementerio aburrido y lleno de papel viejo. Volvió a vivir, volvió a respirar. Montado allá arriba, en la estantería más alta de la sección de Historia Antigua, Polígloto miraba todo el revuelo mientras se limpiaba discretamente las gafas, para que no se le vieran las lágrimas. Después, se acomodó su chamarra hecha de mapas celestes y soltó una risita de lo más satisfecha.

Misión cumplida. La justicia poética se había encargado de todo. El viejo gruñón que cuidaba el lugar se había convertido, sin querer, en el alma de una tremenda fiesta de palabras. Polígloto sonrió, se colgó bien su mochila y empezó a escabullirse hacia la salida trasera, listo para buscar su próxima aventura. Y esa noche, si pasabas por afuera de la biblioteca central, las ventanas se veían preciosas, brillando como si estuvieran llenas de luciérnagas hechas de puras historias listas para contarse.

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