Lúmina en la tienda del anticuario. El aire en la tienda de cosas olvidadas pesaba más que el plomo. Era un local oscuro, lleno de relojes que no marcaban la misma hora y espejos que parecían guardar secretos de hace un siglo. Don Julián, el dueño, no era un hombre malo, pero sí uno muy cansado. Se pasaba el día contando monedas y espantando a los curiosos con un «Aquí no hay nada que ver, sigan caminando», como si la alegría fuera un artículo prohibido en su inventario.

En el estante más alto, cubierto por una capa de polvo que parecía una manta de invierno, descansaban tres velas blancas, rectas y elegantes. Llevaban allí décadas apagadas y olvidadas. Nadie sabía que no eran velas normales: eran las velas de la verdad interior. No necesitaban cerillas; solo se encendían al contacto con la luz propia de una persona noble.

Desde detrás de una pila de libros antiguos, Lúmina observaba la escena. Lúmina era una Magikita de la familia de las hadas, siempre bella. Iba ataviada con un chaleco hecho con recortes de terciopelo morado y una corona de clips de oficina doblados, que, en cuanto se movía, captaban cualquier rayo de sol que se colara por la rendija de la puerta. A su lado, su mejor amigo, un pequeño búho llamado Gafotas, observaba todo con sus enormes ojos, girando la cabeza con esa paciencia que solo tienen los animales que saben esperar.

—Están apagadas porque aquí dentro solo entra el miedo, Gafotas —susurró Lúmina, ajustándose su corona de clips—. Pero esta tarde el ambiente va a cambiar.

La puerta de la tienda sonó con un tintineo metálico. Entró Mateo, un niño con la rodilla raspada y una mochila que le quedaba grande. Arrastraba un carrito de madera al que le faltaba una rueda. Buscaba una pieza pequeña para arreglar el juguete de su hermana y avanzaba lentamente, prestándole atención a cada objeto como si tuviera algo valioso que contar.

Lúmina sintió un calorcito en el pecho. Mateo no buscaba valor. Buscaba consuelo para otra persona. Ese era el combustible perfecto. Mientras don Julián soltaba un gruñido desde el mostrador, Lúmina le hizo una señal a Gafotas. El búho, con un vuelo silencioso como un susurro, se posó justo encima de las velas apagadas. Lúmina, trepando por las estanterías con la agilidad de quien conoce cada tornillo de ese lugar, se colocó detrás de ellas.

Cuando Mateo pasó por debajo del estante, con la mirada triste, pensando en su hermana, Lúmina sopló sobre las velas una pizca de polvo de estrellas recolectado en los tejados de Taramumbi y dijo: —¡Ojo! ¡Que la magia oculta revele su poder!

En un instante, las tres velas blancas se encendieron. Pero no con una llama roja o naranja, sino con una luz azulada y cálida. Una luz que parecía abrazar a quien la miraba. Mateo se detuvo en seco. La luz bañó su rostro, reflejándose en sus ojos como si estuviera viendo el mar por primera vez.

Don Julián se acercó confundido, esperando ver fuego, pero no había calor de quemazón, solo claridad. La luz de las velas comenzó a moverse, proyectando en las paredes de la tienda sombras de momentos felices: un perro jugando, una mano estrechando otra, el brillo de una primera bicicleta. Mateo no se asustó. Se acercó a la luz, y al hacerlo la llama creció, volviéndose más brillante, llenando cada rincón oscuro del anticuario. La tienda dejó de ser un almacén de trastos para convertirse en un lugar acogedor. Incluso las motas de polvo bailaban en el aire como si fueran partículas de oro.

—¡Eso es precioso! —susurró Mateo, olvidándose de su prisa.

Don Julián, el hombre que solo contaba monedas, se quedó paralizado. La luz le dio de lleno en la cara y, por primera vez en años, sus arrugas se relajaron. Vio reflejada en la luz la cara de su propia nieta, a la que no llamaba hace meses por orgullo. La frialdad que protegía su corazón se derritió como un hielo al sol. Sin decir una palabra, buscó en un cajón oculto bajo el mostrador una pieza de bronce brillante, perfecta para el carrito de Mateo.

—¡Toma! —dijo el hombre, con la voz algo ronca—. ¡No me pagues! ¡Llévatela! ¡Solo ven otro día y dime si funcionó!

Cuando Mateo salió de la tienda, con el carrito reparado y la cara iluminada por una enorme sonrisa, la luz de las velas se fue apagando lentamente, volviendo a su estado de reposo. Lúmina, desde su escondite, soltó un suspiro de satisfacción. Gafotas le dio un empujoncito con el ala. El anticuario se sentó de nuevo, pero esta vez no miró sus monedas. Miró el teléfono fijo que había estado desconectado durante años.

Porque a veces no hace falta fuego para iluminar un sitio. A veces solo hace falta que alguien bueno entre por la puerta para recordarles a los demás que la luz, aunque esté apagada, siempre está esperando el momento justo para brillar.

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