En una zapatería triste y silenciosa, Brisa Danza siente que algo tiene que cambiar.
Junto a Brilli, su Animagikito saltamontes, pone en marcha una magia hecha de ritmo y cuero.
A veces, basta un pequeño impulso para que hasta los zapatos olvidados devuelvan la alegría.

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La historia

Brisa Danza y el baile de los zapatos olvidados

En el rincón más oscuro de la zapatería El Buen Paso, donde las suelas de goma se aburrían de tanto esperar, vivía Brisa Danza. Ella era un hada de la familia de los Magikitos, con un vestido remendado con cordones de colores y un gorro hecho con una flor blanca.

Brisa Danza tenía un don: sentía las emociones de los objetos olvidados. Una tarde, la zapatería estaba cargada de una tristeza pegajosa. Don Sebas, el dueño, llevaba días sentado frente al mostrador, con los hombros hundidos y la mirada perdida en el escaparate. Sus zapatos, unos mocasines de ante que ya casi no brillaban, estaban inmóviles bajo la mesa. No había vendido ni un par en toda la semana, y el silencio en la tienda pesaba más que un saco de piedras.

Brisa Danza, escondida detrás de una caja de botas de invierno, sentía aquel desánimo como un zumbido molesto en las orejas. A su lado estaba su Animagikito, un pequeño saltamontes llamado Brilli. Brilli coleccionaba todo lo que relucía. —Tranquilo, Brilli —susurró Brisa Danza—. Si el jefe no se mueve, el negocio no respira. Vamos a poner un poco de ritmo en esos pies cansados.

El hada tenía un plan. No usó varitas ni polvos, porque en la zapatería la magia se hace con lo que hay a la mano. Entonces voló hasta el estante de los zapatos de baile, unos zapatos de charol negro que llevaban años cogiendo polvo. Con una pizca de cera de abeja que encontró en un rincón y un poco de grasa de zapatero, Brisa Danza empezó a trabajar.

Primero le dio un toque a los mocasines de Don Sebas, mientras el hombre se había quedado dormido en la silla. Luego empezó a afinar los zapatos de charol. Brilli, el saltamontes, le echaba la mano a Brisa Danza, dejando caer pequeñas cebillas brillantes en los zapatos, que rebotaban con un tacataca musical. De pronto, un suave clac, clac rompió el silencio.

No era una rata, no era el viento: eran los mocasines de Don Sebas, que empezaron a moverse solos, marcando un compás de zum frenético mientras el hombre seguía roncando suavemente. Luego los zapatos de charol del estante cobraron vida, se bajaron de la estantería de un salto y empezaron a zapatear por el pasillo central, creando una coreografía de espejos y cuero negro.

Don Sebas se despertó de un brinco, se frotó los ojos, incrédulo, y sus propios pies estaban haciendo un baile de tap que él nunca habría sido capaz de ejecutar ni en sus mejores años. —¿Pero qué está pasando? —exclamó, y enseguida soltó una carcajada: «Ja, ja, ja, ja».

No pudo evitarlo: ver sus zapatos bailando solos con aquel ritmo tan contagioso le hizo perder de vista todas las cuentas que tenía por pagar. La tienda se llenó de música sin que sonara ningún tipo de música. Los clientes que pasaban por fuera, atraídos por el escándalo, se asomaron al escaparate y, al ver aquel espectáculo de zapatos bailando, entraron uno tras otro, riendo y aplaudiendo.

Don Sebas se levantó, contagiado por la magia, y empezó también a bailar, probando diferentes modelos y asesorando a los clientes con una energía que no tenía desde hacía años. A media tarde vendió más pares que en todo el mes. Desde el estante más alto, Brisa Danza observaba la fiesta con las manos en la cintura, muy satisfecha. La zapatería, que antes parecía apagada, ahora estaba llena de vida y movimiento.

El hada se ajustó su gorro de flor blanca y empezó a escabullirse hacia la ventana trasera, porque al final no hay nada que una buena dosis de movimiento no pueda arreglar. Solo hace falta un poco de ritmo, la complicidad de un amigo y, a veces, un par de zapatos que se atrevan a bailar cuando nadie más lo hace.

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