La chispa oculta de Oliver: la magia en lo cotidiano. Oliver era un niño que creía que la magia solo existía en las pantallas de televisión o en los libros de grandes magos con sombreros puntiagudos. «En este pueblo nunca pasa nada interesante», se quejaba una tarde, mirando al techo de su habitación.

De pronto, un pequeño crujido sonó dentro de su armario. Oliver se acercó despacio, abrió la puerta y, entre sus suéteres viejos, encontró a una criatura diminuta, de orejas largas y un abrigo de fieltro color azul turquesa. Tenía una etiqueta tejida que decía: «Magikito Original».

—¡Hola, Oliver! —dijo la criatura con una vocecita que sonaba como campanas de viento—. Mi nombre es Pisca. He venido a enseñarte a mirar.

—¿A mirar qué? —preguntó el niño, confundido.

La magia de todos los días, esa que la gente olvida porque camina demasiado rápido. Pisca saltó al escritorio de Oliver, tocó una ventana llena de gotas de lluvia y, de repente, el reflejo de la luz formó un arcoíris brillante sobre la pared.

Luego, caminaron hacia la cocina. Pisca señaló las manos de la abuela de Oliver mientras ella amasaba el pan.

—Mira con atención —susurró el duendecillo—. Las manos de quienes nos cuidan tienen la magia más poderosa. Transforman ingredientes simples en abrazos que se pueden comer.

Esa noche, al volver a su cama, Oliver abrazó fuerte a su Magikito. Se dio cuenta de que la magia no consistía en hacer aparecer conejos con un sombrero, sino en aprender a disfrutar los pequeños detalles, los momentos compartidos y el arte que nos rodea.

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