Fresón en la pastelería. La vitrina de la pastelería central de Pravia lucía impecable, pero el ambiente detrás del mostrador era un auténtico desastre. Salía mantequilla quemada y tensión acumulada. Diego, el joven repostero, intentaba decorar una tarta nupcial con las manos tan temblorosas que la nata terminaba desparramada por los bordes. Su exigente jefa, doña Perfecta Virtudes, lo vigilaba de reojo con una libreta en la mano y un ceño fruncido que cortaba la leche.

Pero nadie miraba el estante superior de la nevera. Justo detrás del bote de sirope de vainilla, allí, camuflado entre los hielos, observaba Fresón. Este Magikito de la familia de los duendes vestía un peto hecho con un trozo de red de naranjas y un gorro trenzado con hojas frescas de menta. Los duendes, como él, huelen la presión humana al vuelo. El perfeccionismo agobiante de Virtudes estaba a punto de arruinar el gran día de Diego.

Aprovechando que Virtudes se dio la vuelta para apuntar un error, el duende saltó sobre el bote de las frutas. Su truco mágico fue directo y delicioso. Frotó una enorme frutilla contra su gorro de menta y la lanzó al aire. La fruta estalló en una neblina roja que impregnó todas las canastas. Al instante, las frutillas y los frutos del bosque, arándanos, frambuesas y demás, cobraron una vida juguetona. Empezaron a rodar, a rebotar y a emparejarse sobre la tarta, como si bailaran un vals azucarado.

Diego se quedó petrificado, con la manga pastelera en el aire. Las grosellas se colocaron en perfecta simetría. Los arándanos formaron un corazón y las frambuesas llenaron los huecos con una precisión que ni el mejor robot habría conseguido. Virtudes se giró con el grito en la boca, pero, al probar una frutilla que había salido rodando hasta su mano, su expresión de sargento se derritió. El sabor a pura frescura silvestre le trajo el recuerdo de sus propias aventuras de infancia en los montes de Taramundi.

La mujer soltó una carcajada limpia, guardó la libreta y le dio una palmada en la espalda a Diego, felicitándolo por su obra de arte vanguardista. El obrador, antes un desierto de nervios, se transformó en una fiesta donde ambos terminaron decorando los pasteles entre risas y manchas de sirope. Fresón contempló el éxito desde el interior de una taza de porcelana, dándose un dedo manchado de azúcar glas antes de desaparecer por el fregadero hacia su próxima aventura. Porque, a veces, el orden perfecto solo sirve para aburrirnos: se necesita una travesura salvaje para que las cosas salgan con verdadero sabor a gloria.

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