Ferrolento en el Expreso del Abismo. La estación de términos no se parecía a ninguna otra. No estaba hecha de hormigón ni de hierro oxidado, sino de coral fosilizado y vigas cubiertas de anémonas que se abrían y cerraban constantemente. Era el lugar donde el tren de la línea Fondo Profundo se detenía antes de emprender su viaje por los cañones abismales.

Pero, a pesar de la belleza imposible del lugar, el ambiente era pesado, como esa presión del agua a mil metros de profundidad. Los pasajeros, sentados en los bancos de nácar, no hablaban. Todos llevaban el mismo rostro cansado, miradas apagadas y la cabeza hundida entre pantallas y pensamientos que ya olían a derrota. Nadie levantaba la vista hacia la enorme cúpula de cristal, donde el bosque de algas gigantes danzaba lentamente como si el océano todavía intentara contarles algo.

Escondido tras una placa de bronce oxidado, Ferrolento observaba la escena. Él era un Magikito de la familia de los animales, una criatura diminuta, mitad nutria marina y mitad estrella de mar, envuelta en una bufanda hecha con viejas redes de pesca deshilachadas que olían siempre a sal, óxido y aventura. «¿Viajan tan profundo y, aun así, no ven nada?», pensó Ferrolento. «Necesitan que el mar les recuerde que el mundo sigue siendo enorme y que incluso la burbuja más pequeña puede dejar huella».

Ferrolento se deslizó por las paredes del vagón y se escabulló hasta la sala de máquinas del tren, un lugar lleno de hierros que gemían, vapor espeso y agua salada filtrándose por las paredes. Allí estaba el conductor, Julián, un hombre con el rostro cansado de quien lleva veinte años recorriendo el mismo camino sin volver a mirar por la ventana. Ferrolento se acercó al gran cristal que separaba el vagón del exterior y, con sus patas pequeñas y pegajosas, comenzó a dibujar con un fino polvillo luminoso que él llamaba Luz del Abismo.

¡Flick! ¡Flack! ¡Zaz! El polvo fosforescente brilló cuando rozó el cristal. Pero no dibujó imágenes: abrió una ventana. La oscuridad negra del exterior se encendió lentamente, mostrando caminos de luz entre las corrientes, criaturas transparentes flotando como sueños, bosques marinos respirando en silencio, medusas que bailaban al ritmo de las vibraciones del tren, un barco hundido convertido en parque de juegos para pulpos y ballenas cantoras cuyas notas se sentían como un abrazo cálido.

Uno a uno, los pasajeros fueron apartando la mirada de sus pantallas. El silencio cambió de forma dentro del vagón. Julián dejó caer la manivela y observó el océano iluminado con la boca apenas abierta, como un niño viendo el mar por primera vez. Durante unos segundos, el tren dejó de ser transporte para convertirse en una aventura.

—¡Miren! —gritó una niña pequeña, señalando un cardumen de peces que cambiaba de color como chispas vivas danzando en el fondo del mar.

Por un instante, el tren dejó de sentirse lleno de desconocidos. Todos estaban juntos frente a las ventanas, riendo y señalando el océano iluminado. Un señor muy serio soltó una carcajada cuando una tortuga gigante se asomó al cristal y pareció guiñarle un ojo. La alegría, olvidada desde hace tanto tiempo en aquel tren submarino, volvió a aparecer poco a poco, ligera y brillante, extendiéndose entre las personas como una corriente tibia.

Los pasajeros empezaron a hablar entre sí, compartiendo café y curiosidad. Se olvidaron de sus rencores, de sus metas y de sus relojes. Por primera vez en años, el tren no viajaba de un punto A a un punto B: viajaba a ninguna parte, simplemente disfrutando de estar allí, bajo el peso de mil metros de vida.

Ferrolento veía a la gente unida, conectada, por aquel milagro de su luz en el cristal. El tren llegó a su destino, pero nadie quería bajar. Y cuando finalmente lo hicieron, no caminaron con los hombros caídos ni la mirada perdida. Caminaron con paso firme, como si hubieran descubierto que, aunque el mundo sea inmenso y a veces parezca oscuro, siempre hay una luz, si sabes a dónde mirar. Ferrolento se deslizó de vuelta a las sombras del puerto, listo para su próximo viaje, porque el mundo puede seguir siendo exactamente el mismo, pero cuando cambias la forma de mirarlo, descubres que todavía está lleno de maravillas, esperando hacerse vistas.

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