En un parque gris y apresurado, Coraluz, un colibrí Animagikito, vive atrapado por el miedo a volar.
Boralina, una Magikita de oído fino y soluciones brillantes, decide ayudarlo de la forma más inesperada.
Juntos emprenden un paseo mágico que transformará la manera de mirar el mundo.

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La historia

Coraluz y la esfera de cristal

En el parque central de la ciudad, donde las fuentes de piedra suelen estar más secas que la memoria de un pez, vivía Coraluz. Coraluz era un colibrí Animagikito, con las plumas tornasol tan brillantes que parecían hechas con restos de cristales de colores, pero tenía un secreto que le pesaba más que su propio cuerpo: le daba miedo volar. Mientras sus hermanos cruzaban el aire como flechas, Coraluz se quedaba pegado a la corteza de un viejo roble, observando el cielo con un terror que le dejaba el pico helado.

A pocos metros, escondida en el hueco de un banco de madera, vivía Boralina, una Magikita de la familia de las hadas. Siempre vestía su impermeable hecho de tapas de refrescos que tintineaban al moverse. Boralina tenía un don: sabía escuchar lo que el viento se llevaba. Y aquel día, el viento traía el miedo de Coraluz, un sonido agudo y tembloroso que le encogía el corazón.

—¡Pobre pequeño!— murmuró Boralina, ajustándose su sombrero de estrellas atrapadas. Se le olvida que el mundo es un regalo, no un abismo.

Boralina no era de dar lecciones, sino de dar soluciones. Se acercó al roble con pasos ligeros y, usando un viejo aro de juguete que alguien había olvidado en el césped, lo sumergió en una mezcla de agua de lluvia y esencia de polen de nube que guardaba en su mochila. Al sacarlo, sopló suavemente. Una esfera de gran tamaño, brillante como un diamante y resistente como el acero, se desprendió del aro y se quedó flotando frente a Coraluz.

El colibrí se quedó paralizado. Boralina le hizo un gesto con el dedo. —¡Adentro, valiente! Coraluz, sintiendo una calidez extraña, se dejó llevar y entró en la esfera. De pronto, el miedo se desvaneció. La esfera no solo lo sostenía, sino que lo aislaba de la sensación de vacío. Ahora, viajar por el aire no era una caída libre, sino un paseo en un ascensor transparente.

Boralina, desde su escondite, soplaba con cariño para dirigir la esfera. Juntos, empezaron a recorrer el parque. Coraluz, desde adentro de su esfera de cristal, descubrió que no tenía que preocuparse por mover las alas y podía fijarse en todo lo demás. Vio a una niña sentada en un banco, llorando porque se le había perdido un anillo. Vio a un viejo profesor escribiendo versos en un cuaderno que nadie leía. Vio la belleza de los detalles que antes se perdían entre el pánico y el aleteo.

La esfera se acercó a la niña. Coraluz, lleno de confianza, dio un golpecito con su piquito en la pared transparente. La niña levantó la vista y vio aquella esfera mágica con un colibrí bailando dentro. Se quedó con la boca abierta. El llanto se cortó en seco. Coraluz aprovechó que el reflejo de la esfera brillaba como un espejo. Le mostró dónde estaba el anillo y que estaba escondido entre las raíces de un geranio. La niña soltó una carcajada de sorpresa y el parque entero pareció iluminarse.

La gente empezó a mirar hacia arriba. —¡Miren! ¡Un colibrí en una esfera!— gritaban. El ambiente gris y apresurado del parque se rompió. Los niños dejaban de jugar para señalar, los mayores levantaban la vista de sus teléfonos y, de pronto, todos estaban compartiendo el mismo asombro. Coraluz, viendo que su presencia regalaba sonrisas, empezó a dar vueltas y giros dentro de su esfera. Ya no tenía miedo, tenía una misión.

Boralina los observaba desde el banco, con una sonrisa de oreja a oreja. La magia no estaba en la burbuja, estaba en cómo Coraluz había decidido mirar el mundo de una vez que se sintió a salvo. Cuando el sol empezó a caer y la esfera comenzó a perder su brillo, el pequeño colibrí se sintió tan ligero que, sin darse cuenta, se apoyó contra la pared de cristal y esta se deshizo en mil gotitas de luz.

Coraluz se quedó suspendido en el aire. Sus alas, por instinto, empezaron a zumbar. No cayó. Estaba volando. El colibrí dio un giro, otro más, y aterrizó suavemente en la rama más alta del roble. Desde allí, vio a Boralina escabulléndose hacia los arbustos, con su tintineo de tapas de refresco, perdiéndose en la oscuridad. Él no le dijo nada, pero lanzó un último brillo tornasol al aire, un gracias en lenguaje de luz. Porque, a veces, para aprender a volar, solo necesitas un empujoncito en forma de pompa de jabón y alguien que crea en ti antes de que tú mismo te atrevas.

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