Brújulo, en la ferretería Don Rogelio, era un tipo que parecía hecho de piedra y con muy mal genio. Su ferretería, El Tornillo Eterno, era ese lugar donde te daba miedo pedir un simple clavo porque el dueño te veía como si le pidieras un favor gigante. Todo estaba súper ordenado, gris, callado y, la verdad, muy aburrido. La gente compraba lo básico y salía con el ánimo por los suelos.
Pero tras el mostrador, junto a un bote de solvente y tapado por una revista vieja, vivía Brújulo. Brújulo es un duende Magikito, todo un personaje con una chamarra hecha de pedazos de lija y un gorro que era básicamente una esponja de baño con diamantina. Su trabajo era detectar dónde se había muerto la alegría y ponerle un alto al aburrimiento. Y ese día, el pobre Don Rogelio estaba más apagado que una lechuga vieja.
«Este tipo necesita soltar la carcajada ya mismo», pensó Brújulo mientras afilaba un desarmador con los dientes. Ya se le olvidó lo que es pasársela bien y eso está muy mal. Así de fácil. Brújulo metió la mano en su mochila de herramientas recicladas y sacó su juguete preferido: una brújula de bronce, golpeada por demasiadas batallas, que no apuntaba al norte ni de broma. Su aguja, hecha con un pelo de gato mágico, siempre señalaba el lugar exacto donde habías soltado la carcajada más fuerte de tu vida.
Con el sigilo de un ninja con chanclas, Brújulo se acercó al mostrador y dejó la brújula junto a la caja, al lado de un bonche de facturas. Cuando Don Rogelio la vio, arrugó la cara.
—¿Y esto qué es? —murmuró, y la tomó en sus manos. En cuanto sus dedos tocaron el metal, la aguja empezó a dar vueltas como loca, zumbando como un abejorro enloquecido. De repente, se quedó trabada hacia el fondo del local, directa a un armario viejo donde el ferretero echaba los tiliches que ya no servían.
Rogelio, movido por la curiosidad, se acercó al mueble. La brújula vibraba cada vez más y se puso muy caliente. El hombre abrió la puerta y, al fondo, entre cajas de grasa y tornillos oxidados, encontró una cajita de música que llevaba años olvidada. Al tocarla, la caja se abrió con un ploc, y en vez de una bailarina equis, empezó a soltar una música de circo desafinada que sonaba medio rara.
Pero lo mejor no era el ruido, sino el efecto. Al sonar, el ambiente se llenó de burbujas de jabón que, al tronar, soltaban ecos de risas grabadas. No cualquier risa: eran las carcajadas de Rogelio de cuando él era niño, cuando se caía de la bici o cuando contaba chistes muy malos a sus amigos en la escuela.
Rogelio se quedó paralizado. Una risa, al principio penosa, como si le diera flojera salir, y de repente empezó a brotarle desde adentro. Luego otra. Luego otra más. El hombre se dobló de la risa, agarrándose la panza, con los ojos llorosos de tanto reírse de sus propios recuerdos.
La risa pegaba duro, y de pronto, los clientes que entraban, que venían súper tensos, empezaron a contagiarse. El que venía por una arandela terminaba contando un chiste, y el que venía por un pegamento acababa haciendo caras chistosas. «Excelente», se dijo Brújulo desde su escondite, mientras se limpiaba una lagrimita de risa porque no podía más.
Para cuando cerraron, El Tornillo Eterno era una fiesta. Rogelio estaba rojo, con la corbata floja y una sonrisa de oreja a oreja. La brújula, satisfecha, regresó a la calma. Brújulo la guardó en su mochila y se salió por la puerta de atrás antes de que el ferretero se diera cuenta.
Se alejó calle abajo, caminando con ese porte de quien sabe que hizo algo increíble. Porque, a veces, no se trata de avanzar, sino de regresar a ese lugar invisible donde habías sido tan feliz. Algo en Don Rogelio dejó de pelear: simplemente descansó, como si hubiera entendido que no todo en la vida es una batalla y que, algunas veces, es necesario volver a ese momento que nunca vas a olvidar.