Boscón y la maleta de cuero.

El vestíbulo de la estación de tren siempre olía a prisa, a café recalentado y a despedidas que se quedan a medias. Era un lugar gris, de esos donde la gente camina mirando el reloj, como si nadie existiera aparte de él y su reflejo en el piso encerado.

Allí estaba don Amado, sentado en un banco de madera, apretando los puños, lleno de enojo. Había llegado tarde a su enlace y su maleta de cuero, vieja, gastada y rota, descansaba a sus pies como un perro dormido. No paraba de resoplar, mirando a los pasajeros que pasaban como si fueran ellos los culpables de su mala suerte.

Detrás de la máquina de refrescos, donde el polvo se vuelve sombra, alguien observaba la escena con las cejas fruncidas. Era Boscón, un duende de la familia de los Magikitos. Vestía un peto remendado con trozos de etiquetas de equipaje antiguas y un gorro hecho con una hoja de roble seca que no terminaba de caer. Boscón no soportaba los suspiros largos. Él veía el mal humor y sentía la necesidad de arreglarlo, como cuando encuentras un hilo enredado.

Sintió la amargura de don Amado como un pinchazo en los dedos. El hombre estaba atrapado en su propia frustración, rumiando el mismo rencor una y otra vez. Boscón miró a su lado y vio a su compañero, un pequeño topo llamado Topillo, quien asomaba la nariz por un agujero en la base de la pared. Topillo era su Animagikito, una criatura pequeña y silenciosa, con un talento extraño. Siempre hallaba aquello que los demás pasaban por alto.

—Ese señor tiene el alma llena de espinas, Topillo —susurró Boscón—. Vamos a enseñarle que, aunque parezca que no hay salida, siempre puedes llevar un bosque contigo.

El plan era sencillo, pero requería precisión de cirujano. Mientras don Amado iba a la taquilla a quejarse a todo pulmón, Boscón y Topillo aprovecharon para escabullirse hasta la maleta. Con un tirón ágil, Boscón forzó la cremallera, que sonó con un zik metálico. Topillo, usando sus patas delanteras como palas mágicas, empezó a escarbar en el aire, justo encima del cierre, sacando de sus bolsillos invisibles semillas de helecho, fragmentos de musgo húmedo y una pizca de neblina matutina que había guardado en un bote de cristal.

No era una maleta, era un portal. Con un soplido, Boscón expandió la magia dentro del cuero desgastado. Las semillas empezaron a germinar al contacto con el aire estancado y un olor a pino, a tierra fértil y a vida salvaje brotó de repente en medio de la estación.

Cuando don Amado regresó, se detuvo en seco. No escuchó el ruido de los altavoces ni los pasos apresurados. Lo que escuchaba era el susurro del viento entre las hojas. Al abrir su maleta para sacar un pañuelo, no encontró su ropa, sino un minúsculo y perfecto bosque que latía con una luz verdosa y suave. Las ramas de un arce pequeño se movían como si hubiera brisa y un aroma de lluvia fresca inundó el vestíbulo, tapando el olor a café quemado.

El hombre soltó la maleta, boquiabierto. Se olvidó del tren perdido, de la taquilla y de su propio enfado. Con una delicadeza que no sabía que poseía, acercó la mano y tocó un pétalo de una flor que se abría en aquel instante ante sus ojos. Su cara de vinagre empezó a deshacerse, dejando paso a una expresión de puro asombro.

Los pasajeros de alrededor, contagiados por aquel aire fresco y el color esmeralda que parecía emanar de la maleta, fueron deteniéndose. Una niña señaló el equipaje y soltó una carcajada, un joven después, una señora con bastón. Se formó un pequeño grupo alrededor. Ya no había prisa ni empujones, ni caras largas. Don Amado, sin pensarlo, invitó a la niña a mirar más de cerca.

—Mira —decía, señalando una diminuta brisna que brillaba—. Es como si hubiera un trozo del mundo viviendo aquí adentro.

Desde la sombra de una columna, Boscón observaba la escena con una sonrisa pícara, ajustándose a su gorro de hoja. Topillo, a su lado, rascaba el suelo de piedra, satisfecho de haber removido un poco de vida en aquel lugar tan cejo. La estación ya no era un sitio de tránsito. Por unos minutos, todos habían encontrado un rincón donde descansar.

Boscón le dio un toque suave en el hombro al topo. Era hora de irse. Había mucha gente que necesitaba un respiro. Antes de escabullirse hacia la salida de emergencia, se giró una última vez para mirar el pequeño bosque que seguía brillando, ajeno a la maleta que lo contenía.

Porque, a veces, para no sentirse perdido en el camino, lo único que necesitas es abrir el equipaje y dejar que la naturaleza te recuerde que, aunque estés de paso, siempre puedes llevar contigo un poco de paz.

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