Alitas en el taller de Don Mateo. El taller olía a aceite viejo y a tiempo acumulado, una mezcla de metal frío y polvo que se pegaba a la garganta. Adentro, cada reloj marcaba una hora distinta, y el tic-tac sonaba todo desordenado, volviendo loco a cualquiera. Cualquiera excepto a Don Mateo.

Él no buscaba armonía, solo buscaba el silencio. Con los hombros caídos y la cara alargada, Mateo se dedicaba a abrir mecanismos con una precisión quirúrgica, como si intentara encontrar el error exacto que le había hecho olvidar cómo disfrutar de un simple café caliente.

En la estantería más alta, oculta tras una vieja lámpara de petróleo, vivía Alitas. Ella era una Magikita de la familia de las luminosas, aunque de delicada tenía poco. Vestía un impermeable hecho con etiquetas brillantes de botellas de refresco y una corona tejida con clips metálicos que captaban cada rayo del sol. A su lado, moviéndose con la agilidad de un rayo, estaba su compañero, un saltamontes mágico llamado Saltarín. Como todo buen Animagikito, Saltarín veía el mundo con una lógica de bicho, observando todo de un modo que parecía solo divertirle a él.

Alitas sentía el corazón de Mateo como un goteo gris, constante y cansado.

—Está tan metido en los segundos que se le ha olvidado vivir las horas, Saltarín —susurró ella, mientras el saltamontes frotaba sus patas delanteras contra unas alas de libélula translúcidas e iridiscentes que habían rescatado de un viejo juguete arrumbado en el suelo.

El plan nació en un segundo. Mientras Mateo se frotaba los ojos, vencido por el agotamiento, el dúo se coló en la mesa de trabajo. Saltarín usó sus antenas para magnetizar una hilera de engranajes sueltos, mientras Alitas, con una rapidez pasmosa, pegó las alitas de libélula al viejo despertador de bronce que Mateo nunca lograba reparar. —¡Paf!

El despertador, al recibir el contacto, no solo se puso en marcha: empezó a latir como si tuviera vida propia. Con un zumbido metálico y dulce, se soltó de la mesa, agitó sus alas de libélula y empezó a volar por todo el taller, dibujando estelas de polvo dorado en el aire.

Mateo saltó de la silla, soltó su lupa y se quedó paralizado con la boca abierta. El objeto volaba sobre su cabeza, pasando cerca de sus orejas con un tintineo alegre que recordaba las risas de los niños en el parque. El relojero olvidó su mal humor y empezó a seguir al despertador con la mirada, girando sobre sí mismo, hasta que por primera vez en años se le escapó una carcajada sonora.

Al intentar atraparlo, su mano rozó una vieja fotografía olvidada tras un montón de tornillos. Era él, de joven, montando una bicicleta. Recordó el viento en la cara, la sensación de libertad, la prisa por llegar a ninguna parte. El despertador, tras dar una última vuelta triunfal, aterrizó suavemente sobre la foto.

Mateo bajó de la silla con los ojos brillantes, limpió el polvo del marco, lo dejó en un sitio de honor y, sin pensarlo dos veces, agarró su vieja bicicleta del rincón del taller. No estaba para carreras, pero sí para sentir el aire de nuevo. Salió a la calle y, al cruzar la puerta, saludó a un vecino con una sonrisa amplia que dejó a todo el mundo desconcertado.

Desde su escondite, Alitas le dio un toque con el codo a Saltarín.

—¿Ves? Es más fácil de lo que parece —dijo, ajustándose sus clips de metal.

El taller quedó en silencio, pero ya no era un silencio gris, sino un silencio lleno de posibilidades. Porque a veces, para seguir adelante, solo hace falta que alguien nos recuerde que todos, todos tenemos un par de alas escondidas, esperando el momento justo para volar.

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