Escúchalo narrado
0:00 / 4:57Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
Fulgencio estrenó unas botas cerradas y salió a pasear como si fuera a cobrar por cada paso. Las había remendado él mismo. Cuero limpio, cordones nuevos y ni un agujero. Antes de llegar al segundo helecho ya nos había preguntado cuatro veces si las habíamos visto.
«Esto es calzado de señor. Lo vuestro deja entrar el paisaje».
Petronila sacó el dedo gordo por la punta de su bota y lo movió para saludarlo. Nosotros nos doblamos de risa. Fulgencio miró hacia otro lado con mucha elegancia y pisó una caca de caracol. Se le acabó la elegancia durante un ratito.
La talla pequeña, pa quien quiera sufrir
No, criaturas, no nos compramos zapatos pequeños para que revienten. A nosotros nos gusta mover los dedos. Si una bota aprieta, la arreglamos o buscamos otra. Ya hay bastantes cosas dando por culo como para llevar una de ellas puesta en cada pie.
Los agujeros suelen salir de andar, saltar raíces y arrastrar los pies cuando volvemos de una fiesta. Remendamos lo que podemos. Aprovechamos telas, cambiamos suelas y hacemos unas costuras que aguantan más que ciertas promesas. Pero una bota puede durar tanto que al final conoce el bosque por dentro y por fuera.
Algún agujerito lo dejamos porque nos hace gracia. Con buen tiempo, Petronila asoma el dedo para comprobar si está lloviendo sin sacar la cabeza de debajo de la seta. No es un invento perfecto. Una vez se lo confundió una mariposa con una flor y tuvimos que explicarle a la mariposa que no insistiera.
Si entra frío o agua, remendamos. Que seamos unos guasones no significa que nos guste caminar con una sopa dentro del calcetín. Y cuando el zapato ya no sirve para andar, todavía puede servir para vivir. Lo limpiamos, lo dejamos secar y buscamos un rincón resguardado. Donde un humano ve una bota vieja, nosotros vemos una casa con cordones.
Petronila llevaba semanas preparando una de esas casas. Había puesto un trocito de tela como cortina y un dedal de maceta junto al tacón. Pensaba que la tenía vacía. Esa mañana descubrimos que no.
La bota tenía visita
Salió Bonifacio por el agujero de la punta, con una cucharilla al hombro y cara de haber dormido de lujo. Detrás aparecieron dos primos suyos. Uno llevaba una almohada y el otro una cebolla. No supimos para qué era la cebolla y preferimos seguir siendo felices sin saberlo.
«¿Pero quién os ha dicho que podéis meteros ahí?», preguntó Petronila.
«Estaba abierto».
Nos sentamos en el musgo porque aquello prometía. Bonifacio nos enseñó la cocina en el talón y el dormitorio debajo de la lengüeta. La cebolla, al final, era para la tortilla. Petronila miró su cortina y se le pasó un poquito el enfado cuando olió la sartén.

Fulgencio se acercó para explicarnos que aquello demostraba la importancia de llevar los zapatos bien cerrados. Se apoyó en una raíz, cruzó los brazos y puso su cara de tener razón. Entonces le salió un hilito de humo por un ojal.
Se quedó quieto. Nosotros también. De dentro de su bota nueva llegó un olorcillo a tostada. Fulgencio desató el cordón despacio. Debajo de la lengüeta asomó la tía Eufrasia con una rebanada en la mano.
«Kiyo, deja de andar. Que me estás tirando el desayuno».
Fulgencio se quitó la bota. Ella protestó porque le había levantado el techo. Nosotros ya no podíamos respirar de la risa.
Había cerrado todos los agujeros y se había dejado la puerta de arriba abierta. Eso sí, la señora estaba calentita de cojones.