Escúchalo narrado
0:00 / 4:41Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
«Kiyo, deja de asomarte, que nos ve».
«Es que ha dicho que quiere conocernos».
«Y tú has sacado medio cuerpo, Braulio. Un poquito de misterio, por favor».
Estábamos los tres detrás de una maceta de romero. Delante, una mujer se había sentado con su taza entre las manos y acababa de decirlo en voz baja: le encantaría conocer a un Magikito. Así, sin pedirnos suerte, dinero ni que le arreglásemos la impresora. Conocernos.
A Braulio se le ablandó hasta el pompón.
«Pues salimos y la saludamos».
«Primero saca el pie de mi oreja».
¿Por qué nos escondemos si quieres conocernos?
Nos escondemos porque nos gusta acercarnos a nuestro aire, gastar una broma y quedarnos contigo sin armar un espectáculo. Tenemos curiosidad por ti, pero también nos da corte el primer saludo. Por mucho que vacilemos detrás de una maceta, salir de golpe a decir «buenas, soy tu duende» impone una barbaridad.
Lo de Braulio era puro calentón. La última vez que alguien estuvo a punto de verlo, se puso una hoja en la cabeza y se quedó tieso.
«Soy una lechuga».
Estaba encima de un piano.
Aquel día tuvimos que sacarlo de allí porque le entró un calambre. Aun así, sigue diciendo que lo tiene todo controlado.
Nos arrimamos al borde de la maceta. La mujer había apartado el móvil y miraba el patio sin hacer nada. Llevaba un buen rato. Se le enfrió el té y ni se dio cuenta.
Braulio dejó de empujarnos.
«Oye. Que a lo mejor hoy le vendría bien un poquito de compañía».
Las señales nos salen regular
Queríamos dejarle algo bonito junto a la taza. Nicanor encontró una hoja pequeña con forma de corazón y nos pusimos a llevarla entre los tres. Cabía de sobra en dos manos, pero Braulio quería dirigir.
«Más a la izquierda».
«Pues tira tú, que llevas un rato señalando».
El romero le enganchó el gorro. Se volvió hacia la rama, muy serio.
«Suéltame, miarma, que estamos trabajando».
Tiró demasiado. La hoja salió volando y se le quedó pegada en el culo. Nos entró la risa floja. Él seguía andando, convencido de que los otros dos veníamos detrás con la carga.

Al final conseguimos dejarla junto a la taza. La mujer pasó un dedo por el borde de la hoja y sonrió. Luego miró la maceta.
Los tres nos agachamos a la vez.
«¿Habéis sido vosotros?».
Braulio nos agarró del chaleco. Estaba que reventaba de ganas de contestar.
Nos quedamos callados. Aquella sonrisa ya nos había dejado más contentos que una merienda entera. A veces hacemos una trastada por puro cachondeo. Otras nos conformamos con arrancarte un momento así, pequeño, en mitad de una tarde que se te estaba haciendo larga.
Y también hay hojas que caen porque hace aire, claro. No vamos a llevarnos el mérito de todo. Bastante tenemos con Braulio, que una vez quiso presumir de haber inventado la sombra.
¿Cómo puedes acercarte a nosotros?
Puedes entrar en nuestro mundo con un cuento, un dibujo o una conversación inventada mientras cuidas tus plantas. Darle sitio a la imaginación ya es una forma de pasar un rato con nosotros. No hace falta descubrir ninguna señal ni hacerlo de una manera especial.
Aquella mujer volvió a coger la taza. Antes de entrar en casa, dejó una galleta en el platillo.
«Por si os da hambre de tanto esconderos».
Esperamos a que cerrase la puerta. Braulio salió el primero y abrazó la galleta con los dos brazos.

«Yo creo que le caemos bien».
«Tú comparte, que hemos venido los tres».
Desde dentro se oyó una carcajada.
Esta vez habíamos hablado demasiado alto.