Dejas la cocina hecha un desastre y por la mañana aparece recogida. Primera hipótesis: alguien se ha dado una buena paliza limpiando. Segunda hipótesis, bastante más cómoda para quien no ha movido un dedo: hay un duende en casa.
Las historias de seres que ayudan, molestan o se instalan donde les da la gana tienen un sitio en el folclore europeo. Lo divertido es mirar los relatos de cerca. Ahí aparecen personajes bastante más raros que un muñeco simpático encargado de encontrar calcetines.
Vamos a pasearnos por Escocia, Alemania, Italia, Francia y Asturias. Con fuentes que se pueden abrir y con una diferencia clara entre lo que cuenta una leyenda y lo que sabemos de su publicación. El duende puede ser invisible. La referencia del libro, mejor que no.
¿Los duendes domésticos tienen una historia real?
Lo documentado son relatos, palabras y creencias sobre ellos. Que un personaje aparezca en un libro antiguo permite estudiar esa tradición, pero no demuestra que existiera en una cocina. Aquí contamos esa historia cultural, sin presentar sus aventuras como sucesos comprobados.
Escocia: un brownie que trabaja mientras duermes
Los Dictionaries of the Scots Language describen al brownie como un espíritu doméstico que, bien tratado, realizaba tareas mientras dormían los habitantes de la casa, especialmente en granjas.
La idea tiene un atractivo tremendo. Te acuestas con faena pendiente y alguien la termina. Nosotros ya estaríamos preguntando si también sabe doblar sábanas bajeras. Esa pregunta es nuestra, no una costumbre escocesa que acabamos de descubrir.
En la tradición que resume The Strong National Museum of Play, se le dejaba nata o gachas. Ofrecerle ropa podía provocar su marcha. Un regalo con consecuencias inesperadas.
No hace falta convertirlo en una lista de normas válidas para todos los cuentos. Lo interesante es esa ayuda que no se puede dar por sentada. Un personaje capaz de echar un cable también puede plantarse. El reparto de tareas ya daba para historias antes de que existiera el grupo de WhatsApp del piso.
Alemania: Hinzelmann se queda a cenar
Para acercarnos a los kobolds domésticos, tenemos un relato concreto: «Hinzelmann», incluido por los hermanos Grimm en Deutsche Sagen en 1816. La narración sitúa su estancia en Hudemühlen entre 1584 y 1588. Son las fechas de la historia que recoge el libro, no un certificado de que el espíritu viviera allí.
Este personaje habla sin dejarse ver, se mete en las conversaciones y limpia los utensilios de cocina por la noche. La cocinera le prepara leche con trozos de pan. Además tiene su lugar en la mesa. Hasta aquí, convivencia peculiar pero organizada.
Luego viene lo que impide ponerle sin más la etiqueta de «ayudante adorable». Hinzelmann también provoca peleas y atormenta a quienes le caen mal. El mismo relato mezcla ayuda, bromas y miedo. Tiene bastante más mala leche que un vecino que se olvida de bajar la basura.
Y cuando el señor de la casa intenta alejarse, el espíritu lo sigue. La escena da para imaginar la cara del hombre: cambias de alojamiento para descansar y el problema llega contigo. Incluso se transforma en una pluma blanca para acompañar el viaje. Menudo pasajero.
Italia: un nombre regional vale más que un tópico
Treccani sitúa al monachicchio en el folclore lucano: un pequeño ser travieso, con capucha, que conoce tesoros enterrados. El nombre se relaciona con el de un monje.
El término «lucano» nos lleva a Basilicata, en el sur de Italia. Fijarse en el nombre y en la región ayuda más que inventarse un «duende italiano» que tenga que representar a todo el país. Así conocemos a un personaje ligado a un lugar y con sus propias particularidades.
Nos basta con imaginar la situación que propone ese personaje: hay alguien que sabe dónde está el tesoro, pero te ha tocado tratar con un bromista. Tú ya estás pensando en jubilarte. Él tiene otros planes. Esto último es nuestra broma, no una traducción de un relato recogido en un pueblo.
Francia: el lutin y los guisantes
En Littérature orale de la Haute-Bretagne, publicado en 1881, Paul Sébillot recoge «Le Faudeur ou le lutin des Senâs». Atribuye la narración a Rose Renaud, de Saint-Cast, quien se la contó en 1879 y se la había oído a su padre.
Un hombre duerme en un desván donde se guarda heno y el Faudeur lo atormenta por las noches. La granjera coloca un recipiente con guisantes en la ventana por la que entra el lutin. Este lo vuelca y se pasa la noche recogiendo los guisantes, en vez de molestar al durmiente.
La solución del cuento tiene algo deliciosamente doméstico: un problema sobrenatural acaba entretenido con algo que se ha caído al suelo. Es un relato de la Alta Bretaña, con una trampa muy concreta. Ese contraste ya le da una gracia estupenda.
Asturias: el trasgu también se apunta a la mudanza
Aurelio de Llano dedica varias páginas al trasgu en Del folklore asturiano: mitos, supersticiones, costumbres, de 1922. Lo describe con gorro rojo y recoge tanto labores domésticas como trastadas. También cuenta qué ocurre cuando una familia cambia de casa para librarse de él: el trasgu se presenta en la nueva con algún cacharro que habían olvidado.
La jugada tiene guasa. Tú has cargado los muebles, buscado otra vivienda y convencido a todo el mundo. Él aparece tan tranquilo, como si fuera el único que se hubiese acordado de revisar los armarios.
En esa recopilación hay tareas imposibles para conseguir que se marche: traer agua en una cesta, blanquear una piel de carnero negro o recoger linaza. Esta última se le vuelve a caer por un agujero en la palma de la mano izquierda. Ese detalle explica la dificultad dentro del cuento. No tiene que ver con una supuesta falta de paciencia.
Estas son versiones recogidas por un autor, no una ficha definitiva que borre todas las demás.
¿Son todos el mismo duende con distinto nombre?
No. Hay semejanzas entre algunos relatos, como el trabajo nocturno, las molestias en casa o los trucos para librarse de una presencia. Eso permite compararlos. No basta para afirmar que todas las tradiciones tienen un único origen, las mismas reglas o personajes igualmente amables.
Lo que nos llevamos al bosque de los Magikitos
A nosotros nos atrae esa mezcla de compañía, carácter y jaleo. Podemos inspirarnos en ella sin fabricar un árbol genealógico que convierta a los Magikitos en descendientes históricos de todos esos seres.
Nuestro origen pertenece a nuestra propia ficción: los Magikitos nacen cuando alguien caga en el bosque con alegría. Hay nacimientos solemnes y luego está el nuestro. Las figuras artesanales de porcelana fría representan a esos personajes. No hacen la limpieza ni protegen la vivienda.
Puedes conocerlos en la colección de duendes o seguir con el cuento de su vida secreta. Y la próxima vez que aparezca la cocina recogida, empieza por darle las gracias a quien la haya limpiado. Para contar historias de duendes siempre hay tiempo. Para escaquearse, ya nos conocemos.