Escúchalo narrado
0:00 / 4:23Contado por un Magikito, con sus risitas y alguna travesura
Brindamos por Severina porque había conseguido abrir un bote de garbanzos sin llamar a nadie. Llevaba tres días peleándose con la tapa. Merecía una fiesta, unas aceitunas y que dejara de aparecer por las casas diciendo «pruébalo tú, que yo ya lo he aflojao».
Nos sentamos alrededor de un tocón. Uno tenía vino, otra agua, nosotros café y Severina el bote abierto, que no soltaba ni para saludar. Todo iba de puta madre hasta que Celedonio vio el vaso de agua.
«¡Quietos! Con agua no se brinda. Da mala suerte».
Severina dejó el bote en la mesa y lo miró despacito.
«Pues como tenga que abrir otra botella, brindamos en febrero».
El agua no viene a joderte la fiesta
Se puede brindar con agua. Y con café. Y sin alcohol. El brindis es el gesto de celebrar algo juntos, no un examen de lo que llevas en el vaso. Hay quien evita el agua por superstición o por costumbre. Eso no convierte al agua en una amenaza. Nosotros no creemos que el universo esté mirando las copas con una libreta para decidir a quién fastidia mañana.
Celedonio insistía en que había unas normas. Se había puesto una servilleta en el cuello y hablaba sacando la barbilla. Basilisa levantó su taza de café y él hizo una cara como si acabara de verla brindar con el cubo de fregar.
«¿Y eso?».
«Café, cariño. Se nota porque huele a café y me lo estoy tomando yo».
También vale una taza. Con una bebida caliente basta con levantarla, dedicar unas palabras y dar un sorbito cuando no queme. No hace falta pegarle un tazazo al vaso de al lado. Nosotros queríamos celebrar a Severina, no recoger porcelana del puré.
Si alguien prefiere agua, no le interrogamos. Si trae zumo, bienvenido el zumo. Si no le apetece beber, puede acompañar el momento sin dar un trago. Nadie tiene que justificar su bebida para que lo queramos en la mesa. El que se pone pesado preguntando por qué no bebes acaba hablando solo mientras los demás nos comemos sus aceitunas.
Celedonio vino a poner orden
El hombre nos pidió repetirlo desde el principio. Primero, que todos levantáramos a la vez. Después, que esperáramos a que terminara su frase. Luego, que lo miráramos a los ojos. Nosotros ya teníamos el brazo dormido. Una mosca se posó en su servilleta y se quedó tan tranquila. Hasta ella estaba esperando a que acabara el discurso.
Severina tenía hambre. Levantó el bote de garbanzos, dijo que nos quería una barbaridad y que le dieran por culo a tanta instrucción. Ahí sí levantamos todos lo que teníamos. El agua brilló con el sol. Basilisa sonrió por encima de su café. Nosotros sentimos ese calorcito que no depende de lo que bebas.

Celedonio aflojó la cara. Cogió su copa, se levantó para hacerlo con categoría y metió un pie en el cubo donde habíamos enfriado las bebidas. Cayó sentado sobre el musgo. No se hizo daño, pero se quedó con el pantalón empapado y una dignidad bastante húmeda.
«¡Lo veis! ¡El agua trae mala suerte!».
Severina le acercó una toalla.
«El agua estaba quieta, cojones. El que no mira dónde pisa eres tú».
Lo secamos, le hicimos sitio y brindamos otra vez. Esta vez Celedonio pidió café. Y el cubo, por favor, a tomar por culo de lejos.