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Entra andando como si el suelo fuera pasarela, pero de musgo. Lleva un abrigo verde liquen, de esos que parecen sacados de la corteza de un roble viejo, y un gorro rojo que corta la niebla como un farolillo travieso. Mide unos 30 cm sin contar el gorro, lo justo para colarse en cualquier conversación sin que te des cuenta.
En la mano izquierda luce un reloj, porque es el señor del tiempo, y no en plan serio de oficina, sino en plan “yo arreglo los minutos con las uñas y un poco de magia”. Si te ve corriendo, se ríe bajito y te cambia la prisa por calma. No soporta a quien no saluda, pero perdona rápido si lo arreglas con un “buenas” con flow.
- Escucha el silencio antes del amanecer para cuadrar las horas
- Se frota el abrigo contra troncos rugosos, dice que le cuentan secretos
- Hace que los semáforos se pongan en verde cuando ya has respirado
Cuando nadie mira, practica citas perfectas con caracoles: siempre llegan tarde, y aun así les aplaude. Dice que eso también es puntualidad, pero del alma.