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En el taller del bosque nació con piel de porcelana fría y un estilo Robin Hood que mola un huevo: verde hierba, pelo rojo como hoja en otoño, y un farol que nunca se apaga del todo. Mide 27 cm, pero su presencia parece más grande cuando la niebla se pone chula y el sendero se hace el loco.
No roba oro ni joyas, roba despistes. Se cuela en las prisas de la gente y las deja en un tarro, para que nadie tropiece por correr. Tiene una mirada atenta y profunda, de esas que te hacen saludar aunque vengas con cara de lunes corporativo.
- Escucha la lluvia en troncos y tejados, como si fueran instrumentos.
- Rescata llaves perdidas y jura que abren atajos a otras dimensiones.
- Comparte chocolate negro 89% cuando el camino se alarga.
Si alguien se queda atrás, se sienta en el musgo, alumbra el suelo y espera sin meter prisa, porque sabe que la alegría vuelve como los gatos callejeros: cuando le da la gana, pero siempre vuelve.