Me he dado cuenta de que siempre dejo la taza del desayuno boca abajo en el escurridor, como si necesitara secarse de una conversación que no llegó a terminar. Luego me voy a trabajar silbando mal y convencida de que el semáforo de la esquina me reconoce. A veces me quedo embobada mirando la bombilla del pasillo cuando parpadea, y le cuento mis planes como si fuéramos vecinas de rellano. Me guardo las pipas de las manzanas en el bolsillo del abrigo, no por nada, sino por si alguna vez planto un bosque sin querer. Los jueves huelen a pintura fresca y a goma de nata, y no pienso discutirlo. Si me invitas a un plan con poca luz y buena charla, seguramente te cuente por qué bauticé a mi bicicleta como Dolores.
Los chistes que ha contado
Sus setines
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