El día que el hielo se bebió un río entero

Historia

El Gran Hedor: Londres, 1858. Un calor que derritió la paciencia

Imagínate la escena: verano en Londres, un calor de los que te deja pegado a la silla y el río Támesis bajando con menos agua que un botijo vacío. El problema es que en esa época el río era el vertedero oficial de toda la ciudad. Cuando el sol empezó a apretar de verdad, aquello se convirtió en una olla de porquería cocinándose a fuego lento. El olor era tan salvaje que la gente cruzaba los puentes corriendo y con un pañuelo en la nariz.

¿Qué fue el Gran Hedor de Londres?

Fue un momento tan crítico que hasta los políticos, que suelen estar en sus despachos tan tranquilos, empezaron a caerse redondos. En el Parlamento, que está justo al lado del río, tuvieron que empapar las cortinas en cloro para no desmayarse en medio de los debates. La prensa, con mucha guasa, lo llamó "The Great Stink" (la gran pestulencia). Lo más curioso es que, aunque todavía pensaban que las enfermedades viajaban por el mal olor (lo que llamaban miasmas), el asco fue tan real que les obligó a dejar de quejarse y empezar a construir.

Gracias a ese tufo insoportable, el ingeniero Joseph Bazalgette diseñó una red de alcantarillado gigante que todavía hoy fliparías al verla. A veces la historia no avanza por grandes discursos, sino porque algo huele tan mal que no queda otra que arreglarlo.

Nosotros lo pensamos en pequeño: si algo “huele mal” en tu rutina, no te limites a taparte la nariz. Igual es el momento de rediseñar el tubo por donde se va lo que ya no sirve para que tu vida vuelva a oler a hierba fresca.

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