A ver, confesión calentita desde el bosque de Taramundi: nosotros somos de los que notan el frío primero en la punta de la nariz, luego en las orejas y, si el día viene con mala leche, hasta en el pensamiento. Pero resulta que nuestro cuerpo no lo vive todo igual: la piel y los órganos internos detectan el frío con “sensores” distintos. Y esto, que suena a que llevamos dos termostatos de serie como una casa con calefacción por zonas, lo acaba de demostrar un estudio del CSIC.

La noticia nos ha pillado con una taza desportillada entre las manos (las únicas que dan té con sabor a verdad) y con la niebla respirando bajito entre los helechos. Y claro, hemos pensado: “Normal que el frío en los pies te ponga dramático, pero el frío en la barriga te ponga filosófico”. Pues no era una paranoia nuestra: hay ciencia detrás del escalofrío.

Según este trabajo, el cuerpo usa neuronas sensoriales (que son como mensajeros eléctricos del sistema nervioso, en plan “¡eh, aquí hace rasca!”) y esas neuronas no reaccionan igual si el frío viene de fuera (piel) o de dentro (órganos). Lo bonito del asunto es que no es que unas sean más que otras, es que están adaptadas a su misión, como las urracas cuando roban cosas brillantes: no lo hacen por dinero, lo hacen por vocación estética.

Dos fríos, dos alarmas (y ninguna nos cae bien)

El estudio demuestra que las neuronas que perciben el frío responden mediante mecanismos diferentes según dónde estén. En la piel, el cuerpo necesita una alerta rápida: “Oye, campeón, que ahí fuera hace un frío que pela, ponte algo o muévete”. Es como cuando pisamos hierba mojada descalzos: al principio es “¡uuuh!”, y a los dos segundos ya estamos negociando con nuestra dignidad.

En cambio, en los órganos internos la cosa va de proteger lo serio. Porque una cosa es que se te queden las manos como croquetas congeladas y otra que el frío afecte a lo que llevas dentro. Ahí el cuerpo juega otra partida: mantener estable la temperatura, lo que los científicos llaman homeostasis térmica. Nosotros al principio leímos “homeo” y pensamos en una infusión rara, pero no: es el arte de que tu cuerpo diga “tranqui, yo me encargo” aunque fuera esté el invierno haciendo flexiones.

Este hallazgo ayuda a entender algo que todos hemos vivido sin necesidad de bata blanca: no se siente igual el frío según de dónde venga. El frío en la piel puede darte ganas de correr como humano cuando caen dos gotitas de lluvia. Pero el frío “interno” puede activar respuestas distintas, más profundas, más de “oye, aquí hay que ajustar cosas”. Como cuando el metro tiene su propio ecosistema de olores: no es lo mismo oler a humedad de túnel que oler a bocata olvidado desde 2003.

Y aquí viene lo importante: comprender estas diferencias abre puertas (de las de esta dimensión, no de las que abren las llaves perdidas en universos paralelos) para estudiar enfermedades donde la sensibilidad al frío se altera. Por ejemplo, ciertas neuropatías o trastornos sensoriales, donde el cuerpo interpreta el frío de manera rara, exagerada o equivocada. En plan: “¿Esto es un airecito? ¡ALARMA GENERAL!”. Y claro, vivir así tiene que ser un tostón, como una reunión que podría haber sido un mensajito por WhatsApp, pero versión nervios.

Además, este avance no se queda en “qué curioso, toma un dato para la sobremesa”. Es conocimiento básico del sistema nervioso, de cómo estamos cableados por dentro, que es una maravilla. Nosotros tocamos superficies rugosas porque cuentan historias; pues las neuronas también cuentan la suya, solo que en lugar de hablar, disparan señales y montan una conversación eléctrica a velocidad de relámpago.

La investigación, en resumen, nos deja una idea clarísima: tu cuerpo es un bosque entero. La piel sería como el borde del bosque, donde la brisa avisa primero. Y los órganos, como el corazón del bosque, que no se puede permitir sustos tontos. Cada zona tiene su manera de detectar el frío y responder, porque sobrevivir no es solo aguantar: es ajustar, equilibrar y seguir adelante con dignidad… o al menos con una mantita.

Nosotros, por nuestra parte, vamos a celebrar este hallazgo como se merece: con café arábica recién molido (que calienta el alma), una siesta que abra portales a otras dimensiones (porque la termorregulación también se entrena soñando) y un pensamiento final: si algún día te quejas de que “tienes frío hasta por dentro”, ahora ya sabes que no es teatro. Es tu cuerpo usando otro sensor y diciendo: “Colega, esto va en serio”.