Hay días en los que el bosque huele a tierra mojada, a hierba recién cortada… y a ciencia seria. Hoy nos toca una de esas noticias que te dejan con cara de erizo punk mirando de reojo: “¿perdona, cómo dices?”.

Resulta que un equipo de UCLA Health ha publicado un estudio donde se ve que la exposición residencial prolongada al pesticida clorpirifos se asocia con un riesgo 2,5 veces mayor de desarrollar párkinson. Y nosotros, que desconfiamos de las alarmas y de los mosquitos por igual, también desconfiamos de cualquier cosa que se quede rondando en el ambiente durante años.

Lo que han visto (y por qué importa)

Lo potente del asunto es que no se han quedado solo en “parece que”. Han analizado datos de más de 1.600 personas y, además, han hecho experimentos en laboratorio con ratones y peces cebra (que tienen nombre de grupo indie, pero son muy útiles para entender el cerebro).

Y aquí viene la parte que suena a palabro raro, pero que es bastante de andar por casa: la autofagia. La autofagia es como el servicio de limpieza del organismo, el “reciclaje” celular que se encarga de retirar proteínas dañadas y basura interna. Vamos, como cuando nosotros encontramos una taza desportillada en el basurero y le damos una segunda vida, pero a nivel microscópico y sin té.

Según el estudio, cuando el clorpirifos entra en el cuerpo, puede interrumpir esa limpieza. ¿Qué pasa entonces? Que se acumulan residuos tóxicos y proteínas anormales asociadas al párkinson, y al final se dañan las neuronas que producen dopamina (esa mensajera del cuerpo que ayuda, entre otras cosas, a que el movimiento vaya fino). El resultado, en términos humanos, puede acabar en temblores y rigidez.

El doctor Jeff Bronstein, neurólogo en UCLA, lo resume diciendo que el clorpirifos sería un factor de riesgo específico, no solo “pesticidas en general”. O sea: no es el típico saco donde metemos todo; aquí señalan a un sospechoso con nombre y apellidos.

Prohibido por aquí… pero todavía circulando

En Estados Unidos, su uso residencial se prohibió en 2001 y el agrícola se restringió en 2021. Pero el clorpirifos sigue presente en muchos cultivos y se usa de forma masiva en otros países. La preocupación principal es la exposición acumulada de quienes han vivido durante años cerca de zonas agrícolas.

Y ojo, que también hay una rendija de esperanza: en los modelos de laboratorio, cuando los investigadores lograron restaurar la autofagia, las neuronas quedaban más protegidas. Esto abre una vía para futuros fármacos y sugiere que, si alguien ha tenido exposición conocida, podría ser útil un seguimiento neurológico para detectar señales tempranas.

Nosotros lo decimos con el respeto de quien escucha la niebla respirar entre los árboles: si este tema te toca de cerca, lo sensato es hablarlo con un profesional sanitario. Que la salud no es una reunión eterna de oficina: es el mensajito importante que hay que leer bien.