Nosotros hoy veníamos oliendo tierra mojada y buscando una taza desportillada para el té (que sabe mejor, no nos discutáis), y de repente nos cae una noticia de esas que suenan a hechizo de biblioteca: antraciclinas. Que no, que no es un tipo de ave ninja, son fármacos de quimioterapia muy útiles, pero con un “efecto secundario” que al corazón le puede sentar como un lunes sin café arábica.

El Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) ha identificado el mecanismo por el que la hipertensión arterial puede dejar una vulnerabilidad metabólica oculta en el corazón cuando se administran antraciclinas. Traducido al idioma del bosque: el corazón parece estar bien, pero por dentro va con la reserva de energía justita, como cuando te crees que tienes la linterna cargada y luego en la cueva hace “pff” y te toca pedirle luz a una luciérnaga.

Lo que han descubierto (sin humo, pero con mitocondrias)

El estudio, publicado en European Heart Journal, muestra que las personas con condiciones cardiovasculares previas —como hipertensión, diabetes, obesidad o hipercolesterolemia— tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar cardiotoxicidad tras recibir antraciclinas. Cardiotoxicidad suena a villano con capa, pero es básicamente daño al corazón que, en algunos casos, puede acabar en insuficiencia cardiaca crónica.

Ojo, dato serio: este efecto aparece en torno al 5% de los supervivientes de cáncer que reciben esta terapia. Puede parecer poco, pero en Europa eso se traduce en más de un millón de personas viviendo con insuficiencia cardiaca como consecuencia tardía de un tratamiento que, a la vez, les salvó la vida. Es de esas paradojas que ni la niebla del bosque se atreve a explicar sin carraspear.

El equipo del CNIC explica que ni la hipertensión por sí sola ni las antraciclinas por sí solas suelen causar un daño cardiaco severo. El lío viene cuando coinciden: ahí se forma la “tormenta perfecta”. Según describen, la hipertensión crónica crea una fragilidad energética latente: el corazón pierde flexibilidad para adaptarse a lo que necesita en cada momento y se queda con una especie de reserva limitada. Y aunque las mitocondrias (las “centrales eléctricas” de las células) parezcan funcionar normal, en realidad el sistema va compensando… hasta que llega el estrés extra.

¿Y qué hacen las antraciclinas? Pues pueden dañar directamente a la mitocondria. Así que esa compensación se rompe y el corazón se queda sin plan B, como una urraca cuando le quitas lo brillante: drama.

¿Se puede prevenir? La pista del mavacamten

En la parte final del trabajo exploraron una estrategia preventiva con mavacamten, un inhibidor selectivo de la miosina (una proteína que participa en la contracción del músculo), ya usado en miocardiopatía hipertrófica. En experimentos in vitro lograron prevenir el daño cardiaco inducido por antraciclinas en condiciones de sobrecarga de presión.

La idea que subrayan desde el CNIC, con el doctor Valentín Fuster señalando el rumbo, es clara: detectar vulnerabilidad antes de que haya daño visible y personalizar la prevención. Vamos, medicina anticipativa: ver venir el chaparrón antes de que te cale hasta el musgo.