En el bosque de Taramundi tenemos una norma sagrada: si una cosa te despista más que una urraca viendo algo brillante, conviene mirarla con calma. Pues hoy venimos con un tema de esos que huelen a ciencia recién hecha, como a tierra mojada después de lluvia, pero en versión cerebro: el cannabis en la adolescencia y la memoria.
Nosotros, que vivimos sin alarmas (porque las alarmas y los mosquitos son el enemigo número uno), sabemos que la cabeza a veces se queda en blanco por motivos muy dignos: una siesta portal a otra dimensión, el olor del café arábica recién molido, o perseguir caracoles para ver su rastro plateado como si fuera arte contemporáneo. Pero lo que cuenta un estudio nuevo es otra cosa: que el consumo de cannabis durante la adolescencia puede asociarse a fallos de memoria y aprendizaje, y que hay unas células con nombre de constelación, los astrocitos, metidas en el asunto.
La investigación está liderada por la doctora Marta Navarrete en el Centro de Neurociencias Cajal-CSIC y se ha publicado en Nature Communications. Y viene a decir, resumiendo con buen rollo y sin palabros de oficina: el tetrahidrocannabinol (THC) —el componente psicoactivo principal del cannabis— puede sobreactivar un grupo concreto de astrocitos y, con eso, alterar la comunicación entre regiones del cerebro implicadas en aprender y recordar.
Lo que ha pasado en el cerebro (según la ciencia)
Primero, vamos a presentar a los protagonistas, que aquí en el bosque nos gusta saludar a todo el mundo, incluso a las células. Los astrocitos se han considerado durante años como “células de apoyo” de las neuronas, en plan “los del mantenimiento”. Pero resulta que no solo pasan la escoba: también hablan con las neuronas y ayudan a regular cómo se transmite la información en las conexiones del cerebro (las sinapsis).
Para que nos entendamos: si el cerebro fuera una ciudad (un escenario donde los humanos actúan su vida, ejem), las neuronas serían los actores y los astrocitos serían los técnicos de sonido. Y como el sonido se te vaya… da igual lo bien que actúe el protagonista, que la obra se convierte en un “¿qué ha dicho?” permanente. Pues este estudio pone a los astrocitos en el foco y dice: si se alteran en cierto circuito, aparecen déficits cognitivos tras la exposición al THC en la adolescencia.
Los investigadores trabajaron con modelos animales (ratones), y esto es importante decirlo bien clarito: no es una traducción directa a humanos. Aun así, sí sirve para entender mecanismos y para reforzar una idea que ya estaba sobre la mesa: el cerebro adolescente es especialmente sensible, porque está en plena reorganización y maduración.
En esa etapa, regiones como el hipocampo (memoria) y el núcleo accumbens (placer, motivación, refuerzo de conductas gratificantes y aprendizaje) siguen afinándose. Vamos, que es como cuando haces pan: si lo estás amasando todavía, cualquier cosa que le metas cambia la textura. Pues con el cerebro, parecido: hay “ventanas de vulnerabilidad” en las que ciertos impactos pesan más.
En el experimento, observaron cómo el THC modificaba la actividad de astrocitos del núcleo accumbens. Luego pusieron a los ratones a una prueba de aprendizaje espacial (de esas de orientarse y recordar rutas), y los expuestos al THC en adolescencia cometieron más errores y rindieron peor, señal de problemas de aprendizaje.
La gracia científica (gracia de “qué interesante”, no de chiste) es que el aprendizaje espacial no va solo: depende de la coordinación entre hipocampo y núcleo accumbens. Y el equipo quería identificar un conjunto específico de astrocitos implicados ahí, lo que llaman un “ensemble” de astrocitos. “Ensemble” viene a ser como “la cuadrilla”: un grupito funcional que trabaja coordinado.
Para investigarlo usaron una técnica llamada AstroLight, que suena a linterna de duende y, en cierto modo, lo es: utiliza la luz para convertir cambios de actividad (relacionados con el calcio dentro de los astrocitos) en la expresión de proteínas concretas, permitiendo manipular con precisión la actividad de esas células, subiéndola o bajándola.
¿Y qué vieron? Dos cosas clave: reducir la actividad de ese subconjunto de astrocitos durante la exposición al THC prevenía la aparición de déficits cognitivos. Y, por otro lado, activar ese mismo conjunto después del tratamiento podía mejorar el deterioro en el aprendizaje espacial. Dicho de forma muy de bosque: si esos “técnicos de sonido” están pasados de rosca, la obra sale rara; si les ajustas el volumen, la cosa se ordena.
Los autores subrayan que estos hallazgos abren la puerta a futuras intervenciones más específicas. También recuerdan algo que nosotros firmamos con tinta de musgo: el desarrollo cerebral no es uniforme, y hay etapas en las que conviene tratar la cabeza como una taza desportillada de té: con cuidado, porque tiene historia y porque se rompe más fácil de lo que parece.
Y, para que se vea que la ciencia también sabe cooperar mejor que muchas reuniones que podrían haber sido un mensajito: el trabajo contó con colaboración internacional, con equipos de UCLA, el Achucarro Basque Center for Neuroscience y el Neurocentre Magendie de la Universidad de Burdeos.
Mientras tanto, en España los datos de la encuesta Estudes 2025 del Ministerio de Sanidad apuntan a un descenso del consumo declarado entre estudiantes de 14 a 18 años respecto a 2023, aunque el cannabis sigue siendo la sustancia ilegal más consumida en ese grupo. Y en población general (15-64), el informe Edades 2024 refleja que una parte importante dice haberlo probado alguna vez, con una edad media de inicio algo por encima de los 18.
Nosotros lo dejamos aquí, con el bosque respirando en forma de niebla y una conclusión sencilla: si el cerebro adolescente está en obras, no le metas maquinaria pesada sin saber qué tornillos estás tocando. Que la memoria no es una llave cualquiera… y ya sabemos que las llaves perdidas abren puertas en otras dimensiones, pero en este caso preferimos que abran la puerta de “aprender cosas” sin sustos.