Nosotros hoy veníamos del musgo con los pies fresquitos, oliendo a tierra mojada como quien huele un libro viejo (vainilla y sabiduría), y zas: una noticia que nos deja el cerebro haciendo “cric-cric” como rama seca bajo el talón.
Resulta que el alzhéimer, ese visitante pesado que entra en el bosque de la memoria sin llamar a la puerta, no afecta igual a hombres y a mujeres. Y esto no es una opinión de urraca cotilla: es una conclusión que sale de un estudio del IDIBAPS y del Hospital Clínico de Barcelona, dentro del proyecto polAris, con el empujón de la Fundación Rosa Maria Vivar.
Y sí, nosotros también pensamos: “Vale, ¿y eso qué significa?”. Pues que, si la niebla es el bosque respirando, aquí la ciencia está intentando escuchar cómo respira el cerebro… y parece que respira con ritmos distintos según el sexo.
Lo que han visto en el laboratorio (sin bata, pero con magia)
En el estudio han participado más de 250 personas: 189 con alzhéimer y 64 sanas. Lo que han hecho ha sido analizar más de un centenar de proteínas en el líquido cefalorraquídeo, que viene a ser como el “caldito” que rodea al cerebro y la médula espinal y da pistas de cómo va la cosa por dentro.
Han detectado que en las personas con alzhéimer hay unas cuarenta proteínas que aparecen elevadas y que podrían estar relacionadas con procesos de neurodegeneración: inflamación, daño neuronal u otras alteraciones. Hasta ahora, las súper famosas del alzhéimer eran sobre todo dos: tau y beta amiloide. Pero los tratamientos disponibles, según explican, tienen poco efecto, así que encontrar más “señales” puede abrir caminos nuevos.
Y aquí viene el giro importante: al comparar hombres y mujeres, algunas proteínas coinciden… pero otras no. En el caso de las mujeres, aparece una sobrepresencia de componentes asociados a procesos inflamatorios. La presidenta de la fundación, Margarita Oliva, lo resume como un hallazgo “súper interesante” porque sugiere causas distintas y, por tanto, dianas terapéuticas distintas (diana terapéutica = el “botón” biológico al que apunta un medicamento).
Además, recuerdan un dato clave: el alzhéimer afecta más a las mujeres, que representan aproximadamente dos tercios de las personas con la enfermedad. Tratarlo como si el cuerpo y el cerebro fueran “el mismo escenario para todo el reparto” igual era como intentar hacer pan sin amasar: no sale bien, por mucha prisa que te metan los semáforos conspiranoicos.
La idea que se abre es potente: si se encontrara una medicación que corrigiera un problema concreto como la neuroinflamación, podría avanzarse hacia tratamientos más personalizados. Ojo: no hablan de “ya está, cura mañana”, sino de un hilo para seguir tirando.
Ahora toca redactar el informe científico definitivo, reconfirmar resultados en laboratorio y, si todo cuadra, empezar a hablar de qué medicación podría encajar. Y para seguir, hace falta lo de siempre: financiación. La fundación pide colaboración social para poder sumar uno o dos años más de investigación en este proyecto, mientras también vigila iniciativas nacionales e internacionales que acerquen soluciones.
Mientras tanto, aquí en Taramundi nos quedamos con una sensación clara: el cerebro es como una nube con personalidad propia. Si queremos entenderla, no vale mirarla de reojo. Hay que observarla bien… y con paciencia de caracol, que es la única prisa que nos parece decente.