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En el bosque se le reconoce por el brillo rosado en las mejillas y ese verde musgo que siempre trae pegado, como si el camino le hubiera dado un abrazo. Es joven, alegre, y mide 21 cm justitos, aunque camina con la seguridad de quien ha discutido con robles antiguos y ha ganado. Está hecho de porcelana fría, con imperfecciones pequeñas que cuentan por dónde se ha reído.

Sale a recolectar setas cuando la niebla está respirando bajito. Vuelve con líquenes enredados en la ropa, porque le mola tocar lo rugoso y no entiende el concepto humano de “ir limpio”. Si llueve, mejor: se queda escuchando el agua golpear hojas y piedras, como un concierto secreto.

  • Guarda mapas de esporas dibujados en servilletas arrugadas
  • Lleva una taza desportillada para té con sabor a aventura
  • Intercambia botones brillantes con urracas cotillas
  • Siembra una semilla cada vez que hace su ritual de caquita

Cuando nadie le ve, le habla a los gatos callejeros como si fueran filósofos y deja “tesoros” en troncos huecos para que la alegría vuelva sin avisar.

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