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Cuando el bosque huele a tierra mojada, esta criatura se pone en marcha. Mide unos 29 cm sin contar el gorro azul, pero camina como si midiera una tormenta entera: con alegría y un puntito de travesura. Se pierde a propósito por senderos llenos de flores, porque jura que cada pétalo es un semáforo que te enseña a ir en calma.
Va vestido con cuadros escoceses y unas zapatillas de andar por casa que no se quita ni aunque haya musgo recién llovido. No es finura, es estrategia: no le mola mancharse los pies, pero sí tenerlos calentitos, como si llevara una hoguera pequeña escondida en los calcetines.
- Saluda a las macetas como si fueran colegas
- Se queda embobado mirando nubes con formas raras
- Guarda semillas en los bolsillos “por si acaso”
Y lo más raro: de vez en cuando se come un añito. Dice que es sanísimo, que te deja el corazón ligero y la risa más fácil, como pan recién amasado.