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En el bosque lo conocen por aparecer justo cuando un árbol cruje raro, como si le doliera una rama. Se acerca sin prisa, toca la corteza rugosa con respeto y se queda calladito, escuchando. Lleva verde musgo por fuera y marrón tierra por dentro, como si la lluvia lo hubiera pintado a mano a base de paseos y abrazos a troncos.

Le flipa andar por la orilla del río con un sombrero de rafia torcido, saludando a las piedras lisitas (a veces las chupa, por ciencia, a ver si saben a montaña). Y tiene una debilidad seria por las gallinas: les cuenta chismes inventados para que luego vayan cacareando por ahí y despisten a las urracas cotillas.

  • Remienda nidos con ramitas y hojas secas, sin que se note la chapuza
  • Regaña a los humanos que arrancan musgo, pero con buen rollo
  • Esconde semillas donde cae una caquita ritual, pa que nazca algo bonito

Dicen que mide lo justo para mirar a los animalitos a la altura de los ojos, y que su sabiduría no suena seria: suena a risa bajita, a río y a bosque respirando en niebla.

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