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Cuando cae la tarde y la niebla se pone a respirar entre los pinos, este duende se sube a una piedra tibia y se vuelve el cuentacuentos oficial de la aldea. Tiene tonos tierra por todas partes, como si se hubiera revolcado a propósito en barro elegante. Es presumido, sí, pero de los que te guiñan un ojo y te invitan a acercarte, que la historia viene con sorpresa.
Su manía favorita es rebuscar en camisas arrumbadas y rescatarles los botones, porque dice que cada uno guarda una frase que nadie se atrevió a decir. Luego se los cose en la ropa como trofeos y, cuando nadie mira, los hace sonar entre los dedos para marcar el ritmo del cuento.
- Botones nacarados para finales dulces
- Botones de madera para sustos de risa
- Botones torcidos para mentiras piadosas
Mide 27 cm, pero ocupa media plaza cuando se arranca. Y si te pilla serio, te suelta una trama absurda hasta que se te afloja el día, de lujo.