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En el borde del bosque, cuando las hojas secas crujen como si aplaudieran, este duende aparece con su chaquetilla azul fuerte y unos zapatones enormes que parecen barquitos de pan. Lleva una escoba en la mano, pero no te confundas: barre a su manera, haciendo remolinos para que la niebla “respire” bonito entre los troncos.
El gorro, hecho con un calcetín rescatado de una vida anterior, termina en un cascabelito que lo delata justo cuando está a punto de hacer una travesura. Le mola un huevo dejar el suelo impecable y, a la vez, esconder pequeñas pistas entre las hojas, como si el camino fuera un juego secreto para peques con mirada curiosa.
- Barre en zigzag para escuchar el sonido distinto de cada piedra
- Hace montoncitos con forma de animales y luego los deshace riéndose
- Guarda ramitas “importantes” como si fueran medallas
Cuando nadie le ve, se sienta en el musgo, agita el cascabel y espera a que algún niño se ría cerca: dice que esa risa es la única brújula que nunca falla.