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Cuando el bosque se pone nervioso (sí, pasa), esta criatura se busca un claro, una piedra tibia o una raíz con pinta de sillón y se queda ahí, quieta, como si estuviera escuchando el silencio antes del amanecer. Su gorro verde fuerte asoma entre las ramas y a veces las ardillas creen que es una hoja gigante con opiniones. Mide 19 cm desde la punta, pero su calma ocupa media arboleda.

La chaquetilla de saco le mola porque pica un pelín, y esa textura le recuerda que lo real no viene pulido. Medita en cualquier rincón que se preste: cerca del musgo, junto a un charco recién nacido, o al lado de una taza desportillada que alguien olvidó y que ahora guarda recuerdos.

  • Cuenta gotas de lluvia como si fueran ovejas acuáticas
  • Saluda a las urracas y les suelta secretos inventados
  • Persigue caracoles en silencio para aprender paciencia

Si te pilla con la cabeza a mil, no te sermonea: simplemente se sienta cerca, respira contigo y te deja la paz caer encima, suave, como niebla buena.

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