Virginia y el secreto del estanque celeste.

La tarde caía con pereza sobre el Real Jardín Botánico, un laberinto de cristal, hielo forjado y pasillos infinitos donde el aire olía, de una forma muy densa, a tierra negra y mojada, a corteza de pino y al perfume dulzón de las orquídeas raras que abrían sus pétalos al revés. En el centro exacto del gran invernadero circular dormía el estanque de los lotos celestes. Era un agua tan increíblemente quieta, tan limpia y profunda, que no parecía agua de verdad, sino un pedazo de cielo de primavera recortado y puesto en el suelo.

Cualquiera que se sentara en el borde de piedra cinco minutos salía de allí con los hombros más ligeros y el corazón en paz. Cualquiera menos don Martín, el flamante director del recinto. Aquella tarde caminaba a zancadas alrededor de la orilla, pisoteando los brotes tiernos con sus zapatos de piel importada, impecables y brillantes. No miraba las flores ni los reflejos: iba pegado a una pantalla de teléfono, dictando mensajes de voz a gritos, con esa prisa contagiosa de quien cree que el tiempo es solo dinero.

—Hay que vaciar su estanque para la gala de empresarios del sábado —ordenaba don Martín—. Poned tarimas encima, que quede todo plano. El agua no da dividendos, Martínez. Los invitados necesitan suelo firme para bailar y mesas para los canapés. El estanque se quita y punto.

A su lado, dos jardineros veteranos agachaban la cabeza, apretando las gorras contra el pecho con una mezcla de rabia y pena muy honda. El estanque celeste llevaba allí cien años. Taparlo era como apagar la luz del barrio. Pero a don Martín las cosas solo le importaban si venían con una factura de muchos ceros. Para él, aquel rincón mágico era solo un charco molesto.

Justo encima de su cabeza, colgada de una lámpara de mimbre trenzado que iluminaba los helechos, había alguien que no perdía detalle. Era Brillina, una Magikita de la familia de las hadas, no más grande que una cuchara de postre. Llevaba un chubasquero azul transparente hecho con el plástico reciclado de una botella de agua mineral y una corona torcida, hecha con un clip de papelería doblado, que captaba los reflejos del sol. Como buena criatura de Taramundi, sentía el ánimo de los humanos como si fuera una corriente de aire, y la codicia cuadriculada, fría y antipática de don Martín le estaba dando un dolor de cabeza espantoso.

—¿Vaciar el estanque? —masculló Brillina—. Este hombre tiene los ojos llenos de números y el alma seca como una uva pasada. Necesito un buen baño de realidad. O algo bastante más gamberro.

Brillina no usaba varitas de brillantina de catálogo, pero tenía un ingenio afilado. Esperó a que los jardineros se marcharan arrastrando los pies y a que don Martín se quedara solo, repasando los planes del evento justo en el borde de la orilla. Entonces saltó de la lámpara, aterrizó sobre una hoja de loto flotante y metió la mano en el bolsillo de su chubasquero. Sacó un mineral purísimo que guardaba desde hacía meses: un grano de sal de roca de las profundidades de Galicia, rayado por el viento hasta parecer un diamante perfecto. Lo sostuvo en el aire, apuntó al centro del estanque y lo lanzó con fuerza.

En el instante exacto en que la piedra tocó la superficie, el agua celeste dejó de ser un espejo dócil. Un zumbido grave recorrió las paredes de cristal del invernadero. El agua empezó a espesar, a vibrar con una energía azulada y, de repente, comenzó a cristalizarse arriba en formas geométricas perfectas. Ante los ojos desencajados de don Martín, el estanque entero se transformó en un diamante colosal, una joya líquida y sólida a la vez, que atrapó los últimos rayos de la tarde y los proyectó por todo el techo en un estallido de luces arcoíris.

Don Martín soltó el teléfono. El aparato rebotó contra el suelo, pero él ni se enteró.

—Pero, pero, ¿qué es este milagro? —tartamudeó, cayendo de rodillas, fascinado por los destellos—. Es el diamante más grande de la historia. Soy asquerosamente rico. ¡Es mío!

Ávaro como era, estiró las manos, ansiando arrancar un pedazo de aquella maravilla. Pero la magia de los Magikitos no responde a los mapas de la codicia. Al tocar la superficie facetada, la joya no se rompió. En su lugar, emitió una vibración limpia, como una campana de cristal gigante, y una oleada de frescor inundó la mente del director. Don Martín no vio billetes. Vio los recuerdos olvidados que el estanque había guardado durante un siglo: una mujer llorando que encontraba consuelo en el agua, dos ancianos tomados de la mano y a sí mismo, treinta años atrás, cuando entró a trabajar en el jardín porque amaba las plantas, antes de que las cifras le nublaran los ojos.

El agua celeste le devolvió la memoria del niño que una vez fue. El gran diamante mágico comenzó a derretirse con suavidad, volviendo a su ser, pero salpicando la cara del director con gotas tan brillantes que parecían pequeñas estrellas pegadas a sus pestañas. Don Martín se quedó sentado en la tierra húmeda, respirando despacio. Se miró los zapatos sucios, miró sus manos vacías y, por primera vez en décadas, suspiró con una sonrisa limpia, de las que no buscan nada a cambio. El anillo de su dedo de pronto le pareció pesado, aburrido y hasta ridículo.

Cuando los jardineros regresaron con los tablones de madera para tapar el agua, se encontraron una escena inverosímil. El director estaba descalzo, con los pantalones remangados, metiendo los pies en el agua celeste mientras tarareaba una canción vieja.

—¡Muchachos, tirad esas maderas! —exclamó don Martín con una voz nueva, clara y alegre—. Se cancela la tarima. Los invitados de la gala van a cenar en el suelo, sobre el césped, rodeando el estanque, y que nadie ose tocar un solo loto. ¿Saben la suerte que tenemos de tener este rincón vivo aquí adentro?

Los trabajadores se miraron entre sí, completamente atónitos, pero, al ver la chispa de felicidad en los ojos de su jefe, rompieron a aplaudir y a organizar los nuevos planes entre risas. La alegría, cuando es de verdad, se contagia más rápido que la gripe.

Escondida entre los pétalos de la flor más alta, Brillina observaba el alboroto con las manos en las caderas, satisfecha. Vio a don Martín estrechar la mano de los jardineros y disculparse por los gritos de antes. El invernadero ya no era gris: ahora vibraba. La Magikita se ajustó el chubasquero azul, le dio una palmadita de despedida a una mariquita que pasaba por allí y se escurrió en silencio por los conductos de ventilación hacia su próxima aventura.

Porque hay riquezas que se guardan bajo llave, en cajas fuertes de acero, pero las que de verdad salvan el día son las que se reflejan, gratis, en la superficie de un estanque limpio.

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