La noche estaba muy oscura y fría. En su habitación, Martín no podía dormir. Tenía tan solo ocho años y estaba muy asustado porque al día siguiente tenía un examen de matemáticas muy difícil. Martín miraba el techo con los ojos muy abiertos, con ganas de llorar. Sentía miedo y una gran tristeza.
Sus sábanas pesaban como piedras y sus sueños bonitos se habían escondido del miedo. En lo alto de la estantería, detrás de un coche de juguete azul, observaba a alguien muy pequeñita. Era Sonreína. Sonreína era una Magikita de la familia de las hadas, del tamaño de un lápiz. Llevaba un vestido hecho con un trozo de tela de las camisetas viejas y una corona que brillaba, hecha con un clip de papel.
Como todas las hadas, Sonreína sentía cuando un niño estaba triste o asustado, y el miedo de Martín le llegaba al corazón. «Pobre niño, tiene la cabeza llena de monstruos de números», pensó la pequeña hada. «Vamos a encender sus mejores recuerdos».
Sonreína saltó desde la estantería y voló con suavidad hasta la almohada de Martín. El niño no la vio porque estaba mirando hacia la ventana. El hada sacó de su bolsillo un tubo de cartón muy fino, como el de los bolígrafos. Apuntó al aire, por encima de los ojos del niño, y sopló con todas sus fuerzas.
Del tubo salieron miles de chispas de colores, rojas, verdes, azules y amarillas. Las chispas flotaron por el cuarto como luciérnagas mágicas y se metieron de forma suave en la mente de Martín. No hacían ruido, pero daban un calorcito hermoso. Al momento, el miedo de Martín se empezó a derretir.
En lugar de números feos, el niño empezó a ver sus mejores sueños. Se vio corriendo por la playa en verano, vio el gol que metió el mes pasado y el abrazo tan grande que le daba su mamá cada mañana. Eran sus propios recuerdos felices que se habían despertado con las chispas de colores.
Martín soltó un largo suspiro, cerró los ojos y se tapó bien con la manta. En su cara apareció una sonrisa enorme y tranquila. Se quedó dormido en un segundo, teniendo los sueños más bonitos del mundo, y al día siguiente haría el examen feliz, contento y seguro.
Desde la ventana, Sonreína miró al niño, guardó su tubo de magia y se marchó en silencio por una rendija, volando hacia la noche para buscar a otra persona triste. Porque, a veces, cuando todo parece oscuro y el miedo no nos deja dormir, solo hace falta una pequeña chispa de luz para recordar las cosas buenas que llevamos dentro.