Salcina en la frutería de Don Diego. La frutería de Don Diego, en la esquina del barrio, solía ser un festival de colores, pero aquel martes a las 3 de la tarde el ambiente estaba pocho. La luz de los fluorescentes era mortecina y los clientes entraban en silencio, arrastrando los pies. Para colmo, Don Diego, un hombre bonachón, pero contagiado de la prisa general, andaba despachando de mala gana.
—Rápido, señora, que se hace tarde —mascullaba, arrojando las manzanas en las bolsas como si fueran piedras. La prisa y la rutina estaban marchitando el mercado. Desde la pirámide de piñas, oculta a los ojos humanos, observaba la escena una criatura diminuta. Era Salcina, una Magikita de la familia de los duendes, del tamaño de un plátano de Canarias. Vestía un peto gamberro hecho con una malla de naranja reciclada y un pañuelo en el pelo, cortado de una servilleta de papel barata.
Como todos los Magikitos, Salcina sintió que la desgana de la clientela le encogía el estómago. —Aquí la gente compra por obligación, no por disfrute —susurró la duenda, relamiéndose—. Necesitan un buen meneo de vitaminas. Don Diego acaba de colocar en el centro del mostrador una caja de duraznos aterciopelados y otra de frutos rojos del bosque: frambuesas brillantes, arándanos oscuros y moras silvestres que huelen a tierra limpia.
Salcina vio su oportunidad. Cuando el frutero se dio la vuelta para buscar el cambio, la duenda saltó al mostrador con un tintineo, sacó de su peto un pincel hecho con un bigote de gato abandonado y lo mojó en un tarrito de almíbar de la alegría que llevaba encima. Con movimientos rápidos dibujó espirales invisibles sobre la piel dorada de los duraznos y salpicó los frutos rojos con un polvillo que extrajo de un pañuelo.
De pronto, un aroma explosivo e imposible a verano y a campo abierto inundó el local. Los duraznos empezaron a brillar con una luz dorada y los frutos rojos comenzaron a dar pequeños saltitos rítmicos dentro de sus cestas, como si bailaran un baile diminuto e infinito. Una vecina, doña Carmen, se acercó hipnotizada por el olor y mordió un durazno que Don Diego le tendió casi sin mirar.
Al instante, la cara de la mujer se iluminó. —Diego, esto sabe… los veranos de mi infancia —exclamó riendo. Don Diego, picado por la curiosidad, probó una frambuesa. El sabor salvaje del bosque le estalló en la boca, borrándole el estrés de golpe. El frutero soltó una carcajada limpia y empezó a regalar muestras a todos, contagiado por una alegría ruidosa que transformó el ambiente y la tienda en una fiesta.
Desde su escondite, detrás de las piñas, Salcina sonrió con picardía. Se ajustó su peto de malla y se escabulló hacia la calle por el callejón de las fresas. Porque, a veces, para endulzar un día gris, solo hace falta recordar que la naturaleza esconde tesoros que no se pueden comprar con prisa.