Los Magikitos en Teixois, donde el ambiente es mágico de por sí, con el agua corriendo por todas partes y el sonido rítmico del mazo de hierro.
Era una bonita mañana y el sol lucía en Teixois. El sol se filtraba entre los castaños, haciendo brillar el arroyo que da vida a todo el conjunto. Luis, con su habitual energía y esa sonrisa que hace que todos se sientan como en casa, guiaba a un grupo de turistas madrileños y asturianos.
—Y aquí, como ven —explicaba Luis, señalando el imponente mazo de estirar hierro—, es donde la fuerza del agua se convierte en el latido de la montaña. Sin el río, este lugar dormiría.
Justo en ese momento, un tintineo parecido a una campanilla de cristal sonó bajo el puente de madera. Luis disimuló una sonrisa. Sabía perfectamente quiénes andaban cerca.
De repente, una de las ruedas hidráulicas empezó a girar hacia atrás, pero no salpicaba agua normal, sino que salían pompas de jabón gigantes que olían a hierbabuena. Los turistas abrieron los ojos como platos.
—¡Mirad allí! —gritó un niño del grupo.
Sobre el eje del mazo aparecieron tres figuras diminutas. Eran los Magikitos. Llevaban sus gorros cubiertos de musgo y gafas de protección hechas con cáscara de avellanas.
—¡Arriba el ritmo! —exclamó Peto, el Magikito más bromista, mientras hacía un solo de batería, golpeando rítmicamente una piedra con una ramita de castaño.
—¡Hola, equipo! —saludó Luis, siguiendo el juego—. ¡Veo que hoy habéis venido a ayudar con la maquinaria!
El Magikito Chispas, que siempre llevaba polvo de estrellas en los bolsillos, sopló un puñado sobre la piedra de afilar. Al instante, la piedra comenzó a girar, emitiendo una melodía celta que parecía brotar de las mismas entrañas de la tierra. Los turistas no se asustaron, sino que empezaron a hacer palmas.
Los Magikitos saltaron al suelo y empezaron a repartir pequeños trozos de pizarra pulida. Eran piedras de la suerte, que, al tocarlas, transmitían un calorcito y energía instantánea.
—¡Es el espíritu de Taramundi! —decía Luis, mientras los Magikitos ayudaban a dirigir el agua por los canales, usando pequeñas hojas como si fueran timones. Aquí la ingeniería y la magia siempre han ido de la mano.
Incluso Pong, el Magikito más pequeño, se colgó de uno de los correones del mazo y, con una pirueta increíble, lanzó caramelos de miel a los turistas.
Al terminar la visita, los visitantes no solo sabían cómo funcionaba una fragua del siglo XVIII, sino que se iban con la sensación de que el mundo era un lugar un poco más brillante.
Cuando el último visitante cruzó el puente, los Magikitos se acercaron a Luis.
—¡Buen trabajo, Luis! —dijo Peto, chocándole el dedo meñique.
—¡Mañana nos vemos en los telares! —Luis se rió, guardando su piedra mágica en el bolsillo.
—¡Mañana nos vemos! Pero nada de convertir la lana en nubes de algodón de azúcar, que ya nos conocemos.
Los Magikitos desaparecieron entre los helechos, riendo a carcajadas, dejando atrás el aroma del hierro frío, el agua pura y un poquito de polvo de hadas.