Había una vez un zorro de cola muy esponjosa llamado Pipo. Siempre había tenido curiosidad por saber por qué los humanos de Taramundi hacían tanto ruido con sus herramientas. El Magikito llamado Chispa decidió llevar a Pipo a visitar la aldea.
Para que no hiciera ruido, Chispa, con su varita mágica, hizo que las patas de Pipo se volvieran silenciosas, como si llevara zapatillas de algodón. Entraron por el pueblo, justo por el camino que baja del castro de Taramundi, y los dos hicieron un tour para descubrir las maravillas que acontecían en la aldea.
Primero llevó a Pipo a ver un artesano cuchillero, y el pequeño zorro alucinó al ver cómo el fuego ponía el hierro rojo. Chispa le prestó sus gafas de enfoque y el zorro pudo ver que las chispas que saltaban eran, en realidad, duendecillos del calor, ayudando a dar forma a la navaja.
A continuación, lo llevó al museo de los molinos, donde Pipo se quedó hipnotizado, mirando la gran rueda de madera girar con el agua. El Magikito se puso a tocar su tambor al mismo ritmo de la rueda, y Pipo empezó a dar vueltas sobre sí mismo, persiguiéndose la cola de pura felicidad.
Luego llegó la hora del queso. Pasaron por una tienda de productos locales y Chispa, usando su manta invisible, tomó prestado un trocito de queso de Taramundi, ese que tiene nueces y avellanas, y le dio a Pipo a probar. Al zorro se le pusieron los ojos como platos. Nunca había comido nada tan rico en el bosque.
De repente, se cruzaron con un niño que estaba sentado en un banco. Estaba un poco triste porque se le había escapado su globo. Pipo, rompiendo su timidez de animal salvaje, se acercó despacio y entregó al niño una piña dorada que había traído del bosque. El niño sonrió tanto que el aire se llenó de purpurina.
Entonces Pipo comprendió que los Magikitos tenían razón: los humanos y los animales hablan el mismo idioma cuando se usa el buen rollo. Al terminar el día, Pipo regresó al bosque con un collar de cuentas que le había regalado Chispa y con el título de Embajador de la Naturaleza en Taramundi.
Para celebrarlo, los Magikitos decidieron hacer una fiesta. Eligieron el campo que rodea la cascada, justo donde el agua hace un sonido de aplauso permanente. Pau diseñó las invitaciones. Eran mágicas, volaban solas. Eran hojas de roble que aterrizaban suavemente en las ventanas de los niños de la aldea y en las madrigueras del bosque.
«Invitaciones para la fiesta», decía Pau. «Traed vuestras ganas de saltar y un par de calcetines de repuesto por si acaso».
Chispa montó el escenario principal sobre una piedra gigante. No usó altavoces, sino que conectó su tambor a los árboles, y cada vez que daba un golpe, las hojas de los castaños vibraban, haciendo un sonido 100% ecológico. Mo se encargó del catering: gracias a su magia, las bellotas del suelo se convirtieron en mini pasteles de crema y el agua del río se transformó en limonada de burbujas que hacían flotar un poquito a quien la bebía.
El zorro Pipo, como embajador de la naturaleza, ayudaba a los niños a encontrar los mejores sitios para sentarse sobre el musgo. Incluso los ciervos compartieron sus manzanas con los humanos.
Cuando el sol empezaba a esconderse tras las montañas, Chispa lanzó su manta invisible al aire. La manta creció tanto que cubrió a todo el grupo: niños, animales y Magikitos, y hasta algún artesano que se había acercado. «Cerrad los ojos», pidió Chispa, «y sentid cómo el calor de la amistad nos envuelve a todos».
De repente, miles de luciérnagas empezaron a bailar entre la gente, esparciendo polvos de buen rollo, y los niños abrazaban a los animales, y los animales lamían las manos de los niños. Por un momento, el bosque fue el lugar más mágico del universo, donde no existía miedo ni prisas.
Al final de la fiesta, cada niño volvió a su casa con una pequeña piedra brillante del río que, al tocarla, te recordaba la paz del momento.